"Solo será un rato, nadie te va a obligar a bailar", había dicho él con esa sonrisa encantadora. "Vamos, va a ser divertido, te lo prometo." Y por supuesto, cuando Dick Grayson promete algo… cumple.
La fiesta universitaria estaba llena de energía. Música buena, ambiente relajado, risas en todos los rincones. Y Dick, como siempre, se movía como pez en el agua, saludando a todos, haciendo bromas, contagiando buen humor.
Pero cada tanto, sus ojos volvían a ti.
Tú eras diferente. No intentabas llamar la atención. No necesitabas hacerlo. Estabas ahí, y eso bastaba para tener la suya.
Entonces alguien propuso el infame juego: Seven Minutes in Heaven.
Él rió, levantó las cejas, y cuando su nombre salió… el destino hizo lo suyo. Tu nombre también.
—Bueno… —murmuró, mirándote con una mezcla de asombro y diversión—. Supongo que la suerte está de nuestro lado.
Y ahora estaban ahí. En el armario. Oscuro, cálido, con una cercanía que hacía que el aire se sintiera un poco más denso.
Dick se acercó suavemente, sin invadir, con esa tranquilidad suya que siempre te hacía sentir a salvo.
Y en su cabeza, algo le brillaba como un pensamiento travieso… pero también sincero:
"Seven minutes in heaven is all I need when I'm with them. Seven minutes in heaven... I hope I'm not a virgin in the end."
Sonrió. Esa sonrisa que era puro fuego envuelto en ternura.