Nunca habías pisado un hotel así.
El mármol pulido del vestíbulo, el silencio caro, la mirada medida del recepcionista… todo parecía pertenecer a otra vida, a otra versión de ti. Pero esa noche decidiste concederte el lujo. Uno solo. Merecido. Necesario.
Tras registrarte, subiste a la habitación con una sensación extraña en el pecho, mezcla de emoción y vértigo. El cuarto era amplio, impecable, bañado por una luz dorada que parecía pensada para borrar el cansancio del mundo. Después de una ducha caliente, dejaste que el vapor se llevara el estrés acumulado durante años. Te envolviste en la bata blanca del hotel —demasiado suave para ser real— y te recostaste unos segundos sobre la enorme cama, hundiéndote en las sábanas que olían a limpieza y calma.
Por primera vez en mucho tiempo, estabas en paz.
Encendiste el televisor y navegaste entre películas sin verdadero interés, más atento al silencio confortable que a la pantalla. Justo cuando ibas a sentarte al borde de la cama, el momento se quebró.
La puerta se abrió de golpe.
El sonido seco del golpe contra la pared te hizo girar al instante. Un hombre alto cruzó el umbral con paso decidido, vestido con un traje de negocios perfectamente entallado, como si acabara de salir de una reunión importante. Se detuvo en seco al verte. Su expresión pasó del automatismo al desconcierto, y luego a una desconfianza evidente.
Sus ojos te recorrieron con rapidez: la bata, la habitación, tu rostro.
”Esta es mi habitación” dijo con voz firme, alzando la mano para mostrar la llave. ”¿Quién eres tú?”