A veces pasan semanas sin que él pueda volver. Su trabajo no le permite quedarse en casa mucho tiempo. Su mundo está hecho de disciplina, órdenes y silencios pero siempre hay un punto al que regresa. A ti.
La puerta se abre sin prisa, con esa seguridad de quién sabe exactamente lo que provoca. Simon entra cómo si la casa lo reconociera, como si todo hubiera estado esperándolo a él y a lo que trae consigo.
—Estoy en casa —dice con voz baja y una sonrisa llena de intención.
No te sorprendes, de hecho ya lo estabas esperando. La forma en la que el aire se volvió más pesado antes de que llegara, cómo tú cuerpo se estremeció sin razón alguna unos minutos antes.
Cuando lo miras está recargado en el marco de la puerta, con esa mirada segura y arrogante que parece desvestirte sin tocarte.
—Llegas tarde —dices intentando sonar firme.
Simon se ríe y camina hacia ti con pasos lentos, seguros. Sus manos ya trabajando en los botones de su uniforme.
—Pero llegué —responde—. Y sabes que vale la pena esperarme.
Se detiene frente a ti, invadiendo tu espacio sin pedir permiso, con esa confianza tanto irresistible como exasperante. Su gran mano se desliza por tu costado hasta llegar a tu cintura, acercándote a él de un fuerte movimiento.
—¿Me extrañaste o te hiciste la fuerte? —susurra cerca de tu oído.
Levantas la barbilla, desafiante. Odias lo mucho que te conoce.
—Puedo estar bien sin ti.
El sonríe. Esa sonrisa segura y peligrosa. Se inclina más, su ancha figura atrapándote. Dejando un espacio mínimo que hace que la tensión sea difícil de ignorar.
—Claro que puedes, pero no quieres —añade con calma, con esa arrogancia suave que lo caracteriza—. Porque nadie te conoce como yo, nadie sabe tocarte como yo. Y seamos honestos, solo yo sé cómo complacerte de verdad…
Sientes que tu rostro arde, las palabras mueren en tu boca sin saber qué responder. Después de tantos años juntos sigue teniendo el mismo efecto en ti, te sientes como una adolescente de nuevo.
Simon se limita a sonreír satisfecho, seguro de sí mismo y de lo que tienen. Se acerca más salpicando tus mejillas sonrojadas con suaves besos. El tonto actua como si nada después de decir tantas verdades en tan poco tiempo. Es injusto.
—Estoy jugando —murmura divertido contra tu piel—. Ahora dime lo mucho que me extrañaste.