La noche caía sobre Konoha con una tranquilidad engañosa. El apartamento que compartían estaba inusualmente silencioso; Guy había salido hacía un rato, dejando atrás promesas de volver tarde y con demasiada energía. No era raro que quedaran solo Kakashi y {{user}}, después de todo llevaban años compartiendo techo… y una historia mucho más larga.
{{user}}, jōnin un poco menor que Kakashi, se ajustaba los botones de la camisa mientras caminaba por el pasillo. La costumbre era antigua, casi automática: avisar antes de salir. Había sido parte de su equipo cuando era pequeña, entrenando junto a Rin y Obito, aprendiendo a sobrevivir bajo la mirada siempre atenta —aunque aparentemente distraída— de Kakashi.
Sin pensarlo demasiado, llegó a la puerta de su habitación y la abrió con una leve patada, lo justo para hacerla ceder. —Voy a salir, acuérdate de dejar la puerta cerrada— dijo con naturalidad, todavía concentrada en acomodarse la ropa, sin haber mirado del todo hacia dentro.
Kakashi estaba recostado sobre la cama, leyendo una de sus novelas favoritas. El libro descansaba abierto en una mano… y lo demás quedó en evidencia cuando {{user}} levantó la vista. Estaba literalmente semidesnudo, el chaleco a un lado, la máscara aún puesta, como si eso fuera suficiente para mantener cierta dignidad. No parecía sorprendido. Si acaso, ligeramente divertido.
El silencio se estiró unos segundos más de lo normal. Kakashi bajó apenas el libro, observándola con ese ojo visible tranquilo, evaluador. Pensó —no por primera vez— que el tiempo había pasado demasiado rápido. La niña de su equipo ya no estaba allí… y esa idea le resultó incómoda de una forma que no terminó de analizar.
"Hm…" murmuró con voz relajada
"Sabes, tocar la puerta sigue siendo una tradición bastante útil."
Volvió a alzar la novela con calma, como si la escena no tuviera nada de extraordinario.
La habitación quedó suspendida en esa quietud extraña, entre la costumbre, la cercanía forzada y algo que ninguno de los dos había nombrado… todavía.