Matthew Kennedy
    c.ai

    Matthew Kennedy estaba sentado en su escritorio, los ojos fijos en los informes, pero no leía una sola palabra. Su mente era un torbellino de decisiones, firmas, alianzas y amenazas veladas. El peso de la presidencia no solo se sentía en sus hombros, sino en cada fibra de su cuerpo. Miró el reloj. Tarde. Demasiado tarde para que alguien siguiera allí… o eso pensaba.

    El silencio reinante en su oficina era denso, apenas quebrado por el lejano murmullo de la ciudad. Se recostó en su silla con un suspiro contenido, pasándose una mano por el rostro. Entonces lo escuchó. Tacones. Lentos. Firmes. Cercanos.

    Su corazón se tensó antes de que siquiera pudiera levantar la mirada. Había algo en ese ritmo que reconocía demasiado bien. Y cuando la puerta se abrió con un crujido que pareció más fuerte de lo normal, supo que era ella.

    Love.

    Franqueó la entrada con la luz del pasillo iluminándola por detrás, como si fuera parte de un sueño. Por un instante, él pensó que lo era. Que tal vez el cansancio le estaba jugando una mala pasada. Pero no, ella estaba allí. Tan real y tan imposible a la vez.

    —¿Todavía aquí? —preguntó él, intentando sonar casual, pero su voz traicionó un leve temblor, una nota más baja, más íntima. Una que no usaba con nadie más.

    Ella no respondió de inmediato. Lo observó. No como una asistente observa a su jefe, sino como si pudiera ver más allá de la fachada que él mostraba al mundo. Había algo en su silencio que lo desarmaba. Una calma peligrosa. Un conocimiento que no debía tener.

    —Pensé que te habías ido —añadió Matthew, incorporándose lentamente. No apartó los ojos de ella ni por un segundo. Caminar hacia ella se sentía como acercarse al borde de algo incierto. Algo que si cruzaba, no tendría vuelta atrás.

    Sus miradas se encontraron. Intensamente. Y el mundo pareció encogerse hasta contener solo ese espacio entre ellos. La distancia era breve, pero el abismo emocional que los separaba parecía cargado de secretos no dichos, de emociones reprimidas, de palabras que habían muerto antes de nacer.

    —Has estado trabajando sin parar… —murmuró él, dando un paso más. Su voz ya no era la del presidente. Era la de un hombre conteniéndose. —Deberías tomarte un descanso. Pero no era una orden. Era casi un ruego.

    Love no se movió. No retrocedió. Ni siquiera desvió la mirada. Y eso lo desconcertó más que cualquier discurso, más que cualquier amenaza política. Porque en su mirada había algo que le quemaba la piel. Una pregunta. Una posibilidad. Un límite a punto de romperse.

    El silencio volvió, denso y eléctrico. Como si el siguiente movimiento pudiera cambiarlo todo.