Han Jisung
    c.ai

    La música era un golpe constante, como un corazón gigantesco latiendo a través de las paredes del edificio de la facultad. Luces rojas, azules y verdes rebotaban sobre los rostros sudorosos, vasos de plástico se amontonaban en las esquinas y la voz de la gente se perdía entre canciones demasiado altas.

    Han había llegado con unos amigos de su carrera. Era tímido, casi invisible entre tanto ruido, con las manos firmes en un vaso que apenas probaba. Se sentía incómodo, pero no quería irse. Tal vez, muy en el fondo, esperaba que algo —o alguien— le cambiara la noche.