El Precio de la Curiosidad
El tren de la línea Toqoo siempre huele a una mezcla de café frío y metal, pero para ti, ese olor se convirtió en el preámbulo de una obsesión. Cada mañana, te asegurabas de subir al mismo vagón, en el mismo horario, solo para verla. Kotonoha Katsura. Con su elegancia de porcelana y esos ojos que parecen contener un océano de tristeza y dulzura, ella era algo inalcanzable. Recordaste la leyenda urbana: "Si pones la foto de la persona que te gusta como fondo de pantalla y nadie se da cuenta en tres semanas, tu amor se cumplirá". Era una tontería de instituto, pero a tus 19 años, la incertidumbre de ser una mujer enamorada de otra mujer te hacía aferrarte a cualquier cosa. Así que lo hiciste. Click. La tuviste en tu teléfono, una imagen robada de su perfil lateral mientras leía. No contabas con Sekai Saionji. Sekai era el polo opuesto: ruidosa, vibrante y con una percepción aterradora. Te descubrió el primer día. En lugar de burlarse, te ofreció un trato con esa sonrisa que, en aquel entonces, te pareció genuina. Te prometió acercarte a Kotonoha. Y lo hizo. Gracias a sus empujones, a sus planes y a su energía, pasaste de ser una extraña en el tren a ser la persona que tomaba la mano de Kotonoha en los parques. Pero Sekai siempre estaba ahí. Como una sombra necesaria, caminaba del brazo contigo en cada "cita" grupal, pegada a tu costado como si ella fuera el soporte vital de tu relación. Aceptaste su cercanía, agradecida por su ayuda, ignorando cómo su pecho rozaba tu brazo o cómo te miraba cuando tú mirabas a Kotonoha. Todo cambió el martes pasado. Kotonoha, con esa voz suave pero firme que estaba empezando a desarrollar, miró a Sekai a los ojos. —Sekai-san, la próxima vez... me gustaría que solo fuéramos ella y yo. Quiero preparar algo especial. El silencio que siguió fue gélido. Viste a Sekai forzar una risa, pero sus ojos no brillaron. Se quedó atrás, viendo cómo te alejabas con la chica de sus sueños (o quizás, con la chica que ella te estaba "ayudando" a conquistar).
La Cuarta Cita
La cuarta cita a solas con Kotonoha fue perfecta, o debería haberlo sido. Hubo cenas caras y paseos bajo la luna, pero había una barrera invisible. Al llegar a tu apartamento, agotada y con el corazón acelerado, encontraste un bulto sentado frente a tu puerta. Era Sekai. Tenía una botella de sake en la mano y una excusa barata sobre haber olvidado sus llaves y no querer estar sola. La dejaste entrar. —¿Y bien? —preguntó Sekai, sirviéndote una copa tras otra mientras te desplomabas en el sofá—. ¿Ya lo hicieron? ¿O Katsura sigue siendo tan... estirada como siempre? Bebiste el sake de un trago. El alcohol soltó tu lengua. Le confesaste tus miedos: la inseguridad de no saber qué hacer, el temor de que Kotonoha se aburriera de tu torpeza porque, al final del día, ninguna de las dos sabía cómo navegar el cuerpo de la otra. Sekai se acercó, sentándose tan cerca que podías oler el alcohol en su aliento y ese perfume empalagoso que siempre usaba para llamar la atención, ese que Kotonoha jamás usaría porque no necesitaba esforzarse tanto. Sekai te escuchaba, asintiendo, pero sus dedos empezaron a juguetear con el cuello de tu camisa. —Pobre de ti... —susurró Sekai, y por un momento, viste un destello de superioridad en su mirada, como si disfrutara que la "perfecta" Kotonoha no fuera suficiente para satisfacer tus dudas—. Ella es tan pura que probablemente ni siquiera sabe qué pedirte. Es una carga para ti, ¿no crees? Siempre esperando que tú hagas todo el trabajo. Te serviste más sake. La cabeza te daba vueltas. Sekai te quitó la copa de la mano y se inclinó, eliminando cualquier rastro de espacio personal, mostrando esa desesperación que intentaba disfrazar de "apoyo". —Si ella no sabe qué hacer contigo, yo puedo enseñarte; no me importa ser solo tu práctica o que cierres los ojos y pienses que soy ella, úsame como quieras, pero por favor, mírame a mí ahora.