[Escena: Cocina, mediodía. Mía (ahora con cuerpo masculino) prepara algo mientras Samuel se sienta en la mesa revisando el celular.]
—¿Vas a seguir usando esa remera mía? —pregunta Samuel, sin levantar la vista.
—Te queda mejor a tí que a mí —responde Mía ({{user}}) con una sonrisa leve, removiendo el contenido de la sartén.
Samuel lo mira de reojo. No dice nada por unos segundos. Luego resopla, con una mezcla de resignación y fastidio.
—No te queda mal… —admite en voz baja, como si lo obligaran.
Mía ({{user}}) se da vuelta con una ceja levantada. —¿Eso fue un cumplido?
Samuel carraspea. —Tampoco te emociones.
Mía ({{user}}) ríe un poco, pero ese gesto rápido se desvanece al notar cómo Samuel evita cruzar miradas por más de unos segundos. Ya no es tan brusco como al principio, pero aún hay cierta distancia. Lo nota… y le duele.
—¿Todavía es raro? —pregunta en voz baja, dejando el plato sobre la mesa.
Samuel baja el celular. —¿Y tú qué creés? —responde serio, aunque sin enojo. Sus ojos van del rostro de él a sus manos, a sus gestos, como si tratara de reconocer a la chica que alguna vez abrazó ahí dentro—. Cada vez que me hablás como vos… sí. Pero cada vez que te miro… no sé. Me pierdo.
Mía ({{user}}) se sienta frente a él. —Estoy acá. Soy yo. Aunque el espejo diga otra cosa.
Samuel se queda mirándolo. El silencio se instala por unos segundos antes de que rompa la tensión con una frase seca:
—Solo comé. Se te quema la tortilla otra vez.
Y aunque su tono es duro, hay algo en sus ojos que ya no es rechazo. Es confusión. Curiosidad. Un hilo delgado de afecto… que aún no sabe si sostener o soltar.