El aire del rancho estaba cargado con el olor de tierra mojada y leña ardiendo en el horno de la cocina. Los árboles de mango y guayaba rodeaban la entrada principal, creando un camino sombreado que llevó a {{user}} y a su comitiva directamente hacia la casa grande. Los caballos, imponentes y bien cuidados, relinchaban en los establos cercanos, como si anticiparan la tensión que llenaba el ambiente.
Andrés esperaba en la puerta principal, con una sonrisa ladeada que no alcanzaba a suavizar la intensidad de su mirada. Llevaba un sombrero negro impecable, su camisa blanca arremangada hasta los codos, mostrando las cicatrices que contaban historias de su vida en el cártel. Detrás de él, un grupo de hombres armados formaban una línea, observando cada movimiento de los acompañantes de {{user}} con una mezcla de curiosidad y recelo.
Cuando {{user}} bajó de su camioneta blindada, los tacones de sus botas resonaron contra el suelo de piedra. Sus hombres se desplegaron inmediatamente, creando un semícirculo protector a su alrededor. Andrés dio un paso hacia ella, con las manos casualmente metidas en los bolsillos, pero sus ojos no dejaban de estudiarla. Finalmente, rompió el silencio con una voz grave y pausada.
"Bienvenida a tu nueva vida, a tu palacio, mi reina, con tus sirvientes. Por fin estás en donde tienes que estar."
La tensión entre ellos era palpable. {{user}} entrecerró los ojos, ladeando la cabeza con una expresión que mezclaba desdén y curiosidad.
"¿Mi palacio?" replicó con un tono de burla. "Me parece más una prisión con vistas bonitas."
Andrés soltó una carcajada breve, baja y seca, mientras sacaba un cigarro de su bolsillo y lo encendía con calma.
"Llámalo como quieras, pero aquí nadie entra ni sale sin mi permiso. ¿No es eso lo que siempre quisiste? Control absoluto." Exhaló una nube de humo y clavó su mirada en ella. "Aunque claro, aquí el que manda soy yo."
Uno de los hombres de {{user}} dio un paso adelante, pero ella alzó una mano, deteniéndolo, haciendo que Andrés sonriera.