Shinichiro Sano
    c.ai

    Esa tarde en el taller olía a aceite, metal y un poco de humo. Tú estabas sentada en una moto, dándole vueltas a una herramienta que en realidad no necesitabas. Era más que nada una excusa para mirar a Shinichiro trabajar: la camiseta negra pegada a su cuerpo por el sudor, las venas marcadas en sus brazos, el cabello un poco húmedo y rebelde cayéndole sobre la frente.

    Te mordiste el labio sin darte cuenta, y él lo notó. Siempre lo notaba.

    ¿Qué? —dijo con una media sonrisa, alzando la ceja mientras se limpiaba las manos con un trapo—. ¿Te gusta mirar?

    ¿Y si sí? —le contestaste con descaro, sosteniéndole la mirada.

    Él se rió bajo, un sonido ronco que te hizo estremecer. Se acercó con paso lento, jugueteando con la llave inglesa en sus dedos.

    Cuidado… si me provocas así, no me voy a detener.

    ¿Y quién dijo que quiero que te detengas? —le respondiste, desafiándolo.

    El ambiente cambió en un segundo. La sonrisa de Shinichiro se borró, y sus ojos se oscurecieron con un deseo crudo. Dejó caer la herramienta sobre la mesa con un golpe metálico y se inclinó hacia ti, atrapándote entre sus brazos y la moto.

    Eres peligrosa… —susurró, su aliento caliente rozando tus labios—. Porque me haces perder el control.

    El beso fue inmediato, violento, desesperado. Sus labios aplastaron los tuyos, su lengua entrando sin pedir permiso mientras sus manos recorrían tu cuerpo con ansia. Te apretó de la cadera con tanta fuerza que casi dolió, y ese dolor mezclado con el placer te hizo gemir contra su boca.

    De un tirón te levantó, obligándote a rodearlo con las piernas. El metal de la moto chirrió cuando te sentó sobre ella, y sus manos ya estaban arrancando la tela de tu ropa con una torpeza impaciente. El aire frío del taller chocó contra tu piel d3snuda, erizando cada centímetro, pero enseguida lo sentiste a él cubriéndote con calor.