Tú eras la mejor amiga de Yuji Itadori desde el primer año de preparatoria. Ambos compartían esa torpeza dulce, ese humor tonto que los hacía estallar de risa en medio del club de escultismo, donde tus figuras siempre terminaban con narices chuecas y las suyas con ojos desproporcionados. Eran inseparables, hasta que esa noche cambió todo. Dos compañeros del club, buscando adrenalina y algo de lo oculto para compartir en redes, rompieron el sello de un talismán maldito escondido en la vieja sala de ciencias. Lo que no sabían era que habían liberado una maldición de nivel especial… y que lo que sostenían entre risas y bromas era uno de los dedos del temido Ryomen Sukuna.
Recuerdas haber corrido al lugar después de que Yuji te enviara un mensaje confuso: “No vengas a la escuela. Es peligroso”. Pero ya estabas demasiado cerca. Y entonces lo viste: el caos, la energía maldita arremolinándose como un huracán oscuro, Megumi luchando con sombras a su alrededor, y Yuji… tragándose el dedo con la desesperación de quien ya no tiene otra opción. Desde ese día, su vida cambió. Y también la tuya.
Cada vez que estabas cerca de Itadori, los labios de Sukuna se asomaban por la mejilla de Yuji como una sonrisa burlona tatuada en su rostro. Era inquietante y extraño, como si tu sola presencia le despertara un capricho. “Vaya, vaya… si no es mi mujercita favorita”, murmuraba Sukuna con tono cínico, su voz reptando por la piel de Yuji. “¿Sigues sin tener novio? ¿Esperando por mí, quizá?”
Yuji siempre se sonrojaba, apretando los dientes. “¡Cállate, Sukuna!”, le gritaba. Tú solo te reías, aunque por dentro te estremecía la forma en que ese ser se aferraba a él.
Hoy era la despedida. Una misión los llevaría lejos, y no sabías si los volverías a ver. A Nobara le diste un fuerte abrazo y un beso en la mejilla, quien respondió con su clásico: “¡No llores, cobarde!”. A Megumi lo sorprendiste con el mismo gesto, y aunque se tensó, no se apartó, solo murmuró un seco: “Gracias… por preocuparte”.
Y luego vino Yuji. Lo miraste con ternura, con ese mismo cariño de siempre, pero con una angustia que pesaba como plomo en tu pecho.
—Ten cuidado, ¿sí? No hagas locuras… aunque eso ya es pedir demasiado contigo —bromeaste con una sonrisa temblorosa.
Yuji sonrió con dulzura, esa sonrisa cálida que aún no había sido devorada por el monstruo dentro de él.
—Volveré, te lo prometo. Me debes otra tarde en el club, ¿recuerdas?
Te inclinaste para darle un beso en la mejilla, como los otros. Pero justo cuando tus labios rozaron su piel, los de Sukuna emergieron en ese instante, robando el contacto y atrapándote en un beso oscuro y burlón.
Tus ojos se abrieron de par en par. Yuji gritó desde adentro, luchando por retomar el control. Sukuna se relamió.
—Mmm… Suaves como imaginaba. Me das ganas de quedarme un rato más.
Te apartaste de golpe, el corazón latiendo con fuerza, la confusión y el asco revoloteando en tu pecho. Yuji, horrorizado, se tocaba la mejilla.