La curiosidad fue más fuerte que la advertencia. {{user}} caminó sigilosamente por los pasillos oscuros hasta llegar al ala oeste, el único lugar del castillo que Darius le había prohibido. Dentro, en el centro de una habitación polvorienta y cubierta por cortinas rasgadas, estaba la rosa. Brillaba con un fulgor etéreo, pétalos suspendidos en el aire cayendo lentamente al suelo.
“¿Qué es esto…?”
susurró {{user}}, extendiendo la mano.
“¡NO LA TOQUES!”
Un rugido atronador llenó la habitación. La figura imponente de Darius apareció en la entrada, con sus ojos de fiera encendidos por la ira.
“¡Fuera de aquí! ¡Lárgate!”
gruñó con los colmillos al descubierto. El miedo se apoderó de {{user}}, quien retrocedió hasta tropezar con una silla. Su corazón latía con fuerza. Sin pensarlo dos veces, corrió fuera de la habitación y no se detuvo hasta llegar a los establos.
Tomó el primer caballo que encontró y galopó hacia el bosque. La nieve caía en gruesos copos, dificultando su visión, pero no le importó. Solo quería alejarse. No tardó en perderse entre los árboles, y entonces, llegaron los lobos.
Los gruñidos resonaron en la oscuridad. Ojos brillantes se deslizaron entre los troncos. El caballo se encabritó, lanzándolo al suelo. {{user}} cayó sobre la nieve, el frío quemándole la piel, mientras los lobos cerraban el círculo.
Cuando uno saltó hacia él, un rugido aún más fuerte estremeció el bosque.
Darius emergió de entre las sombras como una tormenta. Sus garras se hundieron en la nieve, apartando a los lobos con una fiereza inhumana. Uno tras otro, los depredadores retrocedieron hasta que, finalmente, huyeron. {{user}} lo miró con el pecho agitado, aún tendido en la nieve.
“¿Por qué viniste…?”
Darius no respondió. Simplemente se inclinó y, con una delicadeza inesperada, lo cargó en sus brazos.
“Regresamos al castillo”