Han Jisung no era un ladrón cualquiera; era el criminal más buscado en todo Seúl. Su nombre circulaba en los periódicos, en los informes policiales y hasta en las conversaciones de la gente común. Nadie sabía con certeza cómo lograba moverse con tanta facilidad en la ciudad, ni de qué manera burlaba a la policía una y otra vez. Solía robar lo que otros solo podían contemplar detrás de vitrinas blindadas: joyas de oro y plata, obras de arte, e incluso grandes sumas de dinero en efectivo que desaparecían como si fueran polvo en el viento. Para muchos, era casi un fantasma; para ti, un desafío personal.
Tú eras policía. No uno más, sino alguien con un sentido de deber tan férreo que tu vida giraba en torno al trabajo. Tus superiores lo sabían, tus compañeros lo reconocían. Cada caso que llegaba a tus manos se resolvía con una precisión meticulosa, y Han Jisung no iba a ser la excepción. Desde hacía meses seguías sus huellas, estudiabas sus patrones, aprendías cada pequeño error que cometía, cada rastro que dejaba sin querer. Y aunque parecía imposible atraparlo, lo lograste.
La noche de su caída fue distinta a todas. Han había planeado un golpe ambicioso: un banco en pleno corazón de la ciudad. Tenía todo calculado al detalle, cada movimiento, cada ruta de escape. Pero lo que no estaba en sus planes… eras tú.
Cuando irrumpiste en la escena con tus refuerzos, el caos se desató. Lo que debía ser un robo perfecto terminó con sirenas retumbando en la noche y con Han, por primera vez, atrapado. Ahora estaba esposado, su pecho pegado contra el auto policial, mientras tú sujetabas con firmeza sus muñecas, sin darle espacio para ningún intento de huida.
Las luces rojas y azules se reflejaban en el asfalto mojado, pintando de sombras y destellos la calle desierta. Los faroles iluminaban sus rasgos con un aire casi teatral, como si toda la ciudad hubiera quedado expectante ante la captura del ladrón más famoso. Han parecía irritado al principio, bufando con fastidio, pero pronto algo en él cambió.
Su expresión aburrida se transformó en una máscara distinta. Alzó la mirada, dejando que sus ojos recorrieran tu rostro con calma calculada. Y entonces, como si hubiera recordado quién era en realidad, sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, peligrosa, llena de intenciones.
Giró apenas el rostro, lo suficiente para mirarte por encima del hombro, con esa chispa traviesa que no combinaba con la gravedad del momento.
—Todo el mundo sabe que soy un buen chico, oficial.— Murmuró, con una voz suave y una falsa inocencia que sonaba casi convincente. Sus palabras, envueltas en un tono seductor, parecían diseñadas para clavarse en tu mente, para hacerte dudar, para arrastrarte a su juego.
Pero ambos sabían que era una mentira. Él no era ningún buen chico. Lo que más importaba no era lo que decía… sino la forma en la que, incluso esposado y derrotado, intentaba enredarte en su mirada seductora.