Apenas eran las diez de la mañana, pero la casa de Oni ya estaba llena de vida. La mayoría de los miembros de Kortac se encontraban en la piscina, riendo y chapoteando, mientras otros preferían el alcohol que corría libremente. En el patio se levantaba una densa nube de humo: la carne asada ya estaba en marcha, porque hoy era el cumpleaños de Oni.
König, por supuesto, no podía faltar. Aunque, en el fondo, no le entusiasmaban en lo más mínimo ese tipo de reuniones. No era su ambiente, y lo sabía bien. Sin embargo, la insistencia del equipo lo había vencido, y al final había accedido a ir.
Cuando llegó, lo primero que vio fueron los autos abarrotando la calle, mezclados con un par de blindados militares que parecían recién salidos de servicio. El humo de la parrilla se alzaba sobre la casa como una señal de bienvenida. König se quedó un instante dudando en la vereda, sujetando con torpeza la botella de tres litros de Coca-Cola, como si aquello fuera su única justificación para estar allí.
Respiró hondo, caminó hasta la puerta y, tras vacilar unos segundos, tocó el timbre.
Fuiste tú quien abrió. Le sonreíste y lo guiaste hacia el interior, donde el bullicio y las risas lo envolvieron de inmediato. El trayecto le resultó incómodo: demasiadas miradas, demasiadas voces. König sabía que, como siempre, se mantendría callado, refugiado en su silencio mientras el resto disfrutaba de la fiesta.
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