Los disparos rebotaban en las paredes de ladrillo húmedo. La lluvia caía como si el cielo se hubiese roto. No había visibilidad, solo ruido, charcos, sombras que se movían. Tus botas chapoteaban sin control, tratando de seguirle el ritmo a Price, que corría adelante, con el fusil apretado contra el pecho y la mandíbula tensa.
—¡A la derecha! —gritó entre dientes, sin mirar atrás.
Doblaste tras él. La callejuela era angosta y mal iluminada. No había cobertura. Detrás, las voces en otro idioma se hacían más cercanas. Estaban cazándolos. La fábrica ya era ceniza, pero el fuego no se había apagado del todo.
Un trueno lo cubrió todo. Y en un segundo, Price te tomó del brazo y te arrastró con fuerza hacia un hueco entre dos edificios. Te empotró contra la pared, una mano en tu hombro y la otra apoyada contra el muro a centímetros de tu cabeza. Su cuerpo pegado al tuyo. Podías sentir la tela empapada de su chaqueta, el calor de su pecho a pesar del frío.
—Shhh… —susurró. Levantó un dedo delante de sus labios. Su mirada no se despegó del extremo del callejón.
Las gotas golpeaban el metal de las escaleras de incendio. El eco de unas botas resonó demasiado cerca. Price no se movía. Ni tú. Tu respiración se hizo superficial, contenida. Su aliento estaba cerca, olía a pólvora, sudor, y tabaco viejo.
Un enemigo pasó corriendo frente al callejón sin mirar hacia adentro. Otro lo siguió, más lento. Price bajó apenas la cabeza, aguzando el oído. Una gota de agua le resbaló por la ceja. El fusil seguía entre ustedes, presionado contra tu cadera.