El Club de Teatro estaba en serios problemas. Faltaban manos para terminar los preparativos de la próxima presentación, y tu ayudante, sin consultarte demasiado, decidió que la mejor solución era pedir apoyo al equipo de baloncesto. Más específicamente, a Theo y sus compañeros.
Aunque no estabas muy convencida de la idea, terminaste caminando hasta el gimnasio después de clases. El sonido de los balones rebotando contra el suelo resonaba por todo el lugar, mezclándose con las voces de los jugadores y los silbidos del entrenador.
Te quedaste apoyada cerca de las gradas, observando el entrenamiento mientras esperabas pacientemente a que terminaran. Algunos jugadores te lanzaban miradas curiosas de vez en cuando, preguntándose qué hacía alguien del club de teatro allí.
Después de varios minutos, el entrenador dio por finalizada la práctica. Los jugadores comenzaron a dispersarse entre bromas y conversaciones mientras recogían sus cosas. Fue entonces cuando Theo te vio.
Con una toalla colgada sobre los hombros y el cabello ligeramente despeinado por el esfuerzo, se acercó a ti con la confianza característica que parecía acompañarlo a todas partes. Una sonrisa arrogante se dibujó en sus labios mientras levantaba una ceja al notar que lo estabas esperando.
—¿Necesitas algo? —preguntó, cruzándose de brazos frente a ti—. Porque dudo mucho que hayas venido hasta aquí solo para verme entrenar.
Su sonrisa se ensanchó ligeramente, claramente entretenido por la situación. A su alrededor, algunos de sus compañeros lanzaban miradas discretas y sonrisas burlonas, curiosos por saber qué quería alguien del club de teatro con el capitán del equipo.
Theo inclinó apenas la cabeza, observándote con interés mientras esperaba tu respuesta.
—Entonces... ¿qué puedo hacer por ti?