Helaenor había enfrentado muchas cosas en su vida. Había visto visiones de futuros inciertos, había luchado por el amor de {{user}}, había convertido el reino en un caos por su primer aniversario… pero nada lo había preparado para esto.
Ser padre.
Cuando su hija nació, fue lo más hermoso y aterrador que había visto. Tan pequeña, tan frágil, tan suya y de {{user}}.
¿Y si hacía algo mal? ¿Y si la sostenía con demasiada fuerza? ¿Y si no la protegía como debía?
Por primera vez en su vida, Helaenor no tenía respuestas.
Así que hizo lo impensable: buscó ayuda.
Y la única persona que creyó capaz de guiarlo en este nuevo papel fue Rhaenyra.
Su media hermana. Su reina. Su suegra.
Cuando llegó a verla, Rhaenyra lo observó con diversión.
—¿El gran Helaenor necesita ayuda? —preguntó con una sonrisa burlona.
—No es momento de burlas. —Su tono era serio—. No sé qué hacer, Rhaenyra. La sostuve en brazos y me sentí… impotente.
Por un momento, Rhaenyra lo miró con suavidad.
—Eso significa que eres un buen padre.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque temes fallar.
Sus palabras lo hicieron quedarse en silencio.
—No hay una fórmula perfecta, Helaenor. Solo ámala, protégela, y estate presente.
—¿Y si no soy suficiente?
—Ya lo eres.
Esa noche, cuando volvió a la habitación y vio a {{user}} dormida con su hija en brazos, Helaenor supo que tenía razón.
Sería un buen padre. Porque ya la amaba más de lo que las palabras podían describir.