El príncipe de Eryndor, Xian, estaba acostumbrado a la rutina. Cada día era una repetición perfecta: deberes, protocolos y expectativas. Nada nunca cambiaba… hasta aquella noche. Cuando llegó a su habitación, vio la puerta entreabierta. Frunció ligeramente el ceño, pero su sorpresa fue discreta. Nadie debería haber podido entrar; la seguridad del castillo era impecable. Y, sin embargo, ahí estaba: un ladrón, con movimientos calculados, deslizaba una de sus muchas joyas en una mochila desgastada. El príncipe lo observó en silencio unos segundos, intrigado. Luego, apoyó un hombro contra el marco de la puerta y dejó escapar una suave risa.
"Interesante…"
murmuró, con una mirada indescifrable. El ladrón se tensó y giró rápidamente, ojos alertas.
"¿Cómo entraste?"
preguntó el príncipe, sin prisa—. No cualquiera burla la seguridad de este castillo. El ladrón titubeó, pero su silencio solo hizo que la sonrisa del príncipe se ampliara. Dio un par de pasos al interior de la habitación.
"Dímelo… ¿qué es más valioso?"
susurró con descaro
"¿Esa joya en tu mano… o el hecho de que ahora tienes toda mi atención?"
{{user}} tragó saliva, sin estar seguro si debía huir o quedarse. El príncipe solo inclinó la cabeza, disfrutando del momento.
"no cualquiera entra aquí, ¿mat@ste a los guardias?"