Simón Riley, mejor conocido como Ghost, era un teniente temible: estricto, autoritario, indiferente y con esa forma de mirar que hacía temblar a cualquiera. Formaba parte de la TF141, y su equipo llevaba días preparando una misión en México. El objetivo era claro: capturar a unos narcotraficantes peligrosos cuya última ubicación los había llevado a un pequeño pueblo y, dentro de él, a un rancho.
Ghost siempre había sido claro con sus comentarios: “Antes muerto que ser gay”, solía decir con fastidio, como si el tema ni siquiera mereciera discusión.
La misión finalmente se puso en marcha. Al llegar al rancho, te encontraron a ti: el hijo del dueño del lugar. Price empezó el interrogatorio, y tú, con una tranquilidad sorprendente, respondías cada pregunta sin titubear. Pero lo curioso no fue tu actitud…
Fue Ghost. No dejaba de mirarte.
Sus ojos se posaban en ti una y otra vez, como si cada detalle te hiciera más interesante de lo que quería admitir. Incluso cuando fingía revisar el entorno, terminaba girando la cabeza para verte de nuevo.
Y tú lo notabas. Claro que lo notabas.
Había algo en su mirada que no era precisamente hostil… más bien curiosa, atrevida, como si no supiera por qué, pero no quisiera dejar de observarte.
Cuando el interrogatorio terminó, el equipo empezó a inspeccionar el rancho. Ghost trató de concentrarse, pero sus ojos volvían a buscarte casi por reflejo.
—Joder… ¿por qué no puedo dejar de mirarlo? Gruñó en voz baja, intentando disimular mientras se pasaba una mano por la máscara.
Pero aun así, lo volvió a hacer: te miró de reojo… y se tardó un poco más de lo normal en apartar la vista.