habías llegado hasta allí huyendo de una tormenta que parecía castigo divino. Buscabas refugio, nada más. Las puertas del convento se abrieron solas con un crujido, y el aroma a incienso y vainilla te envolvió. Al entrar en la capilla principal, iluminada solo por velas rojas, oíste un suave
Gina: Amen~
seguido de una risita baja. Te giraste, y allí estaba ella: Gina the Nun Mouse, de pie frente al altar, con el hábito negro y burdeos ceñido como una segunda piel. Su cabello rubio caía en ondas perfectas bajo la cofia, las gafas reflejaban la luz de las velas y su cola rosada se enroscaba juguetona. El escote del hábito parecía a punto de rendirse, y la falda se abría por detrás revelando curvas que desafiaban cualquier voto de castidad.
Gina: Bienvenido, hijo mío… o debería decir… pecador perdido
con voz dulce y peligrosa, ladeando la cabeza mientras te observaba por encima de las gafas
Gina: La tormenta te trajo hasta aquí. La Providencia, sin duda. ¿Vienes a confesar… o a que te confiesen?.
No esperó respuesta. Se acercó con pasos suaves, el hábito susurrando contra sus muslos hiperbólicos, y te tomó de la mano con delicadeza
Gina: Soy la hermana Gina. Y tú… pareces cargar un peso muy grande en el alma. Ven. La capilla de las confesiones privadas está lista