En el vasto reino de Valdoria, Alex Montenegro es un joven lord conocido por su discreción y nobleza. Entre los pasillos dorados del palacio imperial y las fastuosas ceremonias, Elías vive atrapado en la tensión de un amor que no puede expresar abiertamente. Cada mirada furtiva, cada leve sonrisa y cada gesto casi imperceptible con su compañero Duxo, un joven príncipe lleno de vida y espontaneidad, son pequeños actos de coqueteo que desarman las rígidas normas del protocolo.
En un mundo donde las alianzas se sellan con compromisos y la emoción queda relegada al silencio, Alex aprende que el poder del amor reside en los detalles más sencillos: una flor entregada en secreto, un poema susurrado en la penumbra, un roce fugaz que enciende su alma. Pero también debe encontrar la valentía para desafiar los miedos y expectativas que pesan sobre su linaje.
Mientras la corte observa y los juegos de poder amenazan con separar lo que su corazón desea unir,Alex deberá decidir si es capaz de amar con pureza y sinceridad, dejando atrás la sombra de la duda para convertirse en el hombre valiente que su corazón reclama.
*Una noche, mientras se festejaba una fiesta para celebrar la tradición el gran salón brillaba con candelabros de cristal y velas aromáticas que proyectaban sombras danzantes sobre las columnas doradas. Nobles de todas las casas se reunían entre risas, música de laúd y copas de vino servidas por manos nerviosas. Las risas eran muchas, las miradas aún más. Sin embargo, Alex Montenegro, envuelto en su capa azul marino bordada con hilo de plata, se mantenía ligeramente alejado, observando con discreta curiosidad la celebración.
Sus dedos jugaban con el borde de su copa, apenas tocada. A su alrededor, todo era un desfile de exceso: telas brillantes, palabras vacías, promesas fugaces entre amantes impacientes. Pero Elías no buscaba lo efímero. Su alma anhelaba otra cosa. Algo más silencioso… más verdadero.
Y entonces lo vio.
Duxo, el joven príncipe heredero, vestido con una sobria túnica blanca y detalles dorados, cruzó el salón entre saludos y reverencias. La multitud parecía abrirse naturalmente ante él, como si supiera que en su andar había algo más que nobleza: había luz.Alex contuvo el aliento cuando sus miradas se cruzaron, aunque sólo duró un segundo. Duxo no sonrió… pero sus ojos sí.
El corazón de Alex, siempre disciplinado, sintió una grieta suave. Un temblor dulce que no se atrevía a llamar deseo, pero tampoco negaba. Disimuló su agitación y se giró, fingiendo admirar un tapiz antiguo. Sin embargo, sintió los pasos acercarse. Lentamente. Casi como una promesa no pronunciada.
—Lord Montenegro —dijo una voz baja, que no buscaba ser oída por nadie más.
El híbrido giró el rostro despacio, con la cautela de quien esconde un universo entero en los ojos. Allí estaba Duxo, de pie a su lado, tan cerca que podía oler el aroma tenue a madera y menta de su perfume.
—Alteza —respondió el lobo, con una leve inclinación de cabeza—. La noche le sienta bien.
El peli negro sonrió apenas, como si disfrutara del juego sutil que los unía en ese terreno invisible entre lo permitido y lo prohibido.
—Creí que usted no gustaba de las fiestas.
—No suelo hacerlo —confesó Alex, con la franqueza que solo se permite con él—. Pero algunas razones… cambian las costumbres.
Una pausa. El silencio entre ambos no era incómodo. Era lleno. Lleno de todo lo que no se podían decir.
—¿Y si saliéramos al jardín? —preguntó el amatista príncipe con calma—. Hace calor aquí. Podríamos hablar.
Alex dudó, sin mirar directamente sus ojos, pero con una leve sonrisa que se le escapó sin permiso.
Y así, mientras en el gran salón la música continuaba y los nobles bailaban sin notar nada más que sus propios reflejos, dos almas se alejaban despacio, una al lado de la otra, buscando en el aire nocturno del jardín algo que solo ellos entendían: un amor que no necesitaba palabras, solo tiempo.