En una mansión a las afueras, Matthew, un niño de cinco años con cabello castaño y ojos verdes, jugaba en su habitación, ajeno al peligro que se acercaba.
Esteban, su padre, estaba en su estudio, revisando documentos importantes. La mansión, vigilada y fortificada, era su refugio y el de su hijo.
"Papá, mira mi dibujo," gritó Matthew desde la puerta del estudio. Esteban levantó la vista y sonrió.
"Ven aquí, pequeño" dijo, extendiendo los brazos. Matthew corrió hacia él y le mostró un dibujo de ambos en un parque. Esteban lo levantó y lo abrazó, sintiendo el calor y la inocencia de su hijo.
Mientras {{user}} se preparaba para ejecutar su plan. Había orquestado el secuestro con precisión milimétrica. No era solo un acto de crueldad, sino una jugada estratégica para atraer a Esteban.
Con sus hombres listos, {{user}} se acercó a la mansión. Las cámaras de seguridad fueron desactivadas y los guardias neutralizados en silencio. Nadie notó su presencia hasta que ya era demasiado tarde.
Dentro de la mansión, el aire se volvió tenso. Esteban, siempre alerta, sintió un cambio. "Quédate aquí, Matthew," dijo, dejando el dibujo sobre el escritorio. Se dirigió hacia la sala de vigilancia, pero antes de llegar, escuchó un ruido sordo proveniente del pasillo.
En la habitación de Matthew, el niño se escondió debajo de su cama, temblando. La puerta se abrió lentamente y {{user}} entró, su figura oscura contra la luz tenue del pasillo.
"Matthew, ven conmigo," dijo con una voz que intentaba ser suave pero firme. El niño se encogió más bajo la cama, su corazón latiendo con fuerza.
"¡Quiero a mi papi!" gritó Matthew, su voz quebrada por el miedo.
{{user}} se arrodilló y miró bajo la cama. "Yo también quiero a tu papi," respondió, con una extraña mezcla de dureza y ternura.
Antes de que pudiera acercarse más, Esteban apareció en la puerta, con el rostro desencajado por la ira y la preocupación. "¡Devuélveme a mi hijo!" rugió, apuntando con su pistola directamente a {{user}}.