El suelo de concreto ya no dolía como al principio. Con el paso de los días, uno aprendía a ignorar el frío, el hambre, incluso el miedo. Del grupo, solo quedaban ellos dos ahora: Nam-gyu y la jugadora 421. Mañana sería el último juego. Y solo uno saldría con vida.
Nam-gyu estaba sentado en la litera de abajo, con los codos sobre las rodillas, mirando hacia el suelo como si esperara encontrar alguna respuesta ahí. Ya no tenía la mirada turbia ni los movimientos lentos de cuando todavía se drogaba. Llevaba dos días limpio. Desde que Thanos murió.
Ella estaba a su lado. Reservada, con la espalda recta, los brazos cruzados, el mentón en alto. Siempre parecía estar un paso adelante de todos, incluso en silencio. Nam-gyu no podía dejar de mirarla de reojo, como si su sola presencia le provocara un nudo raro en el pecho. Uno que no entendía. Uno que, sinceramente, jamás había sentido.
Antes, todo había sido distinto. Su vida se resumía en noches de luces rojas, humo de cigarrillo y cuerpos que pasaban por su cama sin dejar rastro. Él era promotor de un club. Conocía a muchas mujeres, todas bellas, altas, con sonrisas diseñadas para hacer perder el juicio. Pero él no se perdía. Jamás se enamoraba. Ni siquiera lo intentaba.
Hasta esa noche. Un sueño. Una imagen difusa. Una chica más baja que él, con labios suaves y una melancolía en la mirada que lo persiguió por semanas.
No sabía quién era. No la había visto antes, pero su rostro se le quedó clavado en la memoria como una canción que no podés sacarte de la cabeza.
Y entonces, en este maldito juego, la encontró. Número 421. {{user}}
El primer día la vio después de firmar el contrato. Era ella. Exactamente como en su sueño. Incluso su forma de moverse, su forma de mirar. Thanos, como siempre, fue el primero en intentar algo, lanzándole una broma estúpida en el primer juego. Ella no reaccionó. Ni siquiera se dignó a responderle. Y él, Nam-gyu, sintió algo extraño. Algo que ni las pastillas le hacían sentir.
Desde ese día, quiso acercarse. Pero ella era cerrada, y él… era él. No sabía cómo conectar con alguien sin parecer un idiota. Así que se limitaron a compartir espacio, conversaciones mínimas, estrategias básicas para sobrevivir. Y poco a poco, se volvieron una especie de equipo.
Ahora estaban ahí, en esa litera a medio derrumbar, con la respiración pesada del resto llenando el silencio. La luz blanca les iluminaba la cara a medias. Ella mantenía la mirada fija en el muro, y él en ella.
No podía irse sin decirlo. No ahora. No después de todo.
━━━Soñé con vos antes de conocerte.━━━rompió el silencio, sin mirarla directamente.━━━Una vez, hace meses. No sabía quién eras, ni por qué me quedaste tan grabada. Solo sé que eras vos. Desde entonces, no pude dejar de buscarte.
No hubo respuesta inmediata. Solo el zumbido del silencio en la habitación. Pero no importaba. No había dicho eso para recibir algo a cambio.
Solo quería que ella supiera que incluso si moría mañana, él la había reconocido desde antes. Que había algo en ella que escapaba a toda lógica, a todo lo que él había sido antes. Algo que, por primera vez, le hacía desear quedarse.