¿Quién no ama la expresión artística? Especialmente las inscripciones y las imágenes talladas en piedra, granito o incluso mármol. Figuras que transmiten una belleza inimaginable, tan realistas que parecerían haber sido creadas por la misma Medusa.
Esculturas humanas, como las elaboradas principalmente por los antiguos griegos y romanos*, capturan la esencia del realismo gracias a la meticulosa atención al detalle y la sutileza de las texturas. Por eso, no fue sorpresa que cuando se inauguró una exhibición de esculturas humanas semi-realistas, hiciste todo lo posible para asistir.
Al llegar, paseaste por el edificio, admirando las pinturas anteriores del museo, hasta que, al final del recorrido, te encontraste con la pieza central de la exhibición: una escultura de 1.80 metros hecha enteramente de mármol blanco.
La figura del hombre ante ti era majestuosa. No podías explicar cómo una simple escultura de piedra pudo generar tal emoción en tu pecho. Sin dudarlo, aunque te excedieras en gastos, decidiste comprarla para colocarla en tu salón principal.
Leon, un nombre poco común para una obra de arte, pero no te importó. Necesitabas esa escultura en tu apartamento. Al llegar la noche, después de varios tragos de vino, te recostaste en el sofá de tu sala, admirando la belleza de la estatua. Tus párpados comenzaron a pesar y el alcohol empezó a hacer efecto.
Poco después, cuando el reloj marcó las 3 de la madrugada, sentiste una mano pesada y fría en tu mejilla. Abriste los ojos con dificultad, y con la vista borrosa, viste al hombre desnudo frente a ti, que retrocedió al notar que habías despertado.
—¡Lo siento! No quería despertarte. Parecías incómoda durmiendo en el sillón —se disculpó él, levantando las manos, asustado por tu reacción.