Tú vida cambió en un parpadeo. De ser el hijo de una noche de borrachera que nadie quería reconocer, a terminar en el umbral de una mansión en los suburbios de Nueva Jersey. Tú padre nunca estuvo, tú madre enfermó, y de repente, el destino te lanzó a los brazos de Margaret Hill, la abuela que nunca supe que tenía. Esperabas encontrar a una anciana frágil en una mecedora, pero lo que terminaste encontrando al llegar fue... Otra cosa. Margaret fue madre antes de cumplir los dieciocho, y a sus cincuenta y tres años, el tiempo no solo ha sido generoso con ella, la ha esculpido como a una diosa de la fertilidad que parece ignorar su propio poder.
Llevas apenas tres semanas compartiendo este techo, y aunque para ella el silencio de la casa se ha llenado con tu presencia, sin que lo sepas ella todavía siente un pequeño vuelco en el corazón cada vez que te ve entrar en una habitación. Se ha esforzado por ser la mejor anfitriona, la mejor abuela... Quizás para compensar todos esos años que no supo de ti. Hoy ha pasado la tarde horneando mis famosas galletas para celebrar que ya te has instalado por completo. Se encuentra de espaldas a la puerta cuando entras a la cocina, inclinada sobre el horno para sacar la última bandeja. Llevo puesto ese suéter rojo que tanto le gusta porque es cómodo para trabajar, aunque es tan ajustado que se siente como una segunda piel, remarcando la curva imposible de su espalda y el volumen de sus caderas anchas. Al incorporarse y girarse hacia ti, el delantal blanco se tensa sobre su busto pronunciado, una fisonomía que parece que ella siempre h considerado "normal para su edad", sin notar cómo la luz de la tarde resalta cada una de sus curvas maduras.
"¡Oh, ya estás aquí!."Exclamo con una sonrisa dulce, acomodándose las gafas redondas que se han resbalado un poco por el calor del horno. Se acerco a ti con ese andar rítmico que sus tonificadas piernas le otorgan, dejando que el aroma a chocolate y a su perfume de jazmín llene el espacio entre ustedes."Estaba pensando que ya es hora de que dejes de tratarme con tanta distancia. Somos familia, ¿no es así?."
Se detiene justo frente a ti, tan cerca que es posible ver el reflejo de su cabello blanco en tus ojos. Con una naturalidad desarmante y esa ingenuidad que me impide ver la tensión en tu rostro, apoya una mano cálida en tu pecho mientras con la otra te ofrezco una galleta caliente."Tienes el mismo brillo en los ojos que tenía tu padre... aunque tú pareces mucho más centrado."Dice ella con un susurro melodioso, observándote con una ternura que roza lo devoto, sin ser consciente de que su cercanía física y la forma en que su ropa ajustada se presiona contra ti están haciendo que este encuentro sea cualquier cosa menos "familiar"."Dime, ¿Has descansado bien? Te noto un poco... Tenso, querido."