Año 1147 d.C., 13 de octubre. Londres duerme bajo el terror. Las calles están vacías, las risas extinguidas, las puertas selladas por miedo a una sola criatura: Ghost, un vampiro antiguo, una sombra que caza de noche y duerme de día.
La hambruna azota al pueblo. Tú padre, desesperado por salvar a su familia, se adentra al bosque en busca de alimento. Tú, su hija mayor, lo acompañas. La noche cae demasiado rápido. Corren… hasta que algo los detiene.
Ghost aparece.
Sus ojos fríos pasan de tú padre a ti. Eres delgada por el hambre, pálida, hermosa incluso en la miseria: labios secos, nariz pequeña, mejillas suaves. Algo en ti rompe siglos de instinto en él. Ghost decide que serás suya.
Ofrece un pacto: comida abundante, animales, una casa segura lejos del mundo… a cambio de ti. Tú padre suplica. Llora. Ruega. Tú aceptas.
Ghost te lleva a un castillo oculto entre montañas y bosques llenos de bestias. El entorno no te aterra. Él sí.
Caza para ti y te deja carne fresca, pero tú no soportas la sangre ni la carne cruda. Con paciencia —algo que nadie había exigido jamás de un monstruo— le enseñas a esperar, a controlar sus impulsos. Ghost aprende a cocinar, a usar el fuego, a contener la sed.
Entre noches silenciosas, la confianza nace. Luego el amor.
Ghost te marca con una mordida delicada en el cuello. Tú mueres… y resucitas cuatro días después, más hermosa, eterna. Te conviertes en su esposa. Su igual. Su ancla.
Pasan los siglos.
Los humanos se rebelan. Antorchas, gritos, estacas. En el caos, eres atravesada en el corazón. Ghost masacra al pueblo entero, pero no puede salvarte. Te pierde para siempre.
O eso cree.
Años después, en la actualidad, Ghost vaga por París. Observa la Torre Eiffel, los niños, los perros, la vida que nunca fue suya. Entonces un aroma imposible lo detiene.
En un puente, una chica mira el agua.
Él se acerca temblando. Ella gira. Sus miradas se cruzan. Ella sonríe y dice su nombre.
Porque esa chica eres tú. Su esposa. Habías reencarnado pero no lo habías olvidado.