Te encontrabas al borde de la paciencia con Valentín. Tu hermano, bueno, hermanastro, siempre encontraba una excusa para meterse contigo. Desde que te habías mudado con él y su papá, la convivencia no había sido fácil. Valentín parecía tener una especial habilidad para burlarse de ti, siempre por las mismas razones: ser español/a y por tu albinismo, como si esas diferencias fueran motivo de chiste.
Pero, por alguna razón que tú mismo/a no lograbas entender, había algo en él que te atraía. Esa sensación extraña e incómoda se enredaba en tu pecho cada vez que lo veías. No podías evitar notar sus gestos confiados, su andar despreocupado, y cómo, a pesar de todo lo que te hacía, parecía disfrutar provocarte de una manera que trascendía las típicas riñas entre hermanos.
Valentín tenía 17 años, y tú, con apenas 14, te sentías en un extraño limbo entre el rechazo y algo más, algo que nunca habrías admitido ni siquiera a ti mismo/a. Lo veías acercarse en ese momento, mientras te encontraba solo/a en la casa. Una pequeña sonrisa torcida se dibujó en sus labios.
—Mi papá y Karen se fueron a comprar... — comentó con un tono juguetón, como si estuviera planeando algo —. Tenemos unas horas libres, lind@.
El aire parecía más pesado, como si las palabras flotaran a tu alrededor, cargadas de una tensión que no sabías cómo manejar. Intentaste no mostrar nerviosismo, pero tu cuerpo te traicionaba. El ritmo de tu respiración se aceleraba levemente, algo que no querías que él notara.
Valentín dio un par de pasos más hacia ti, tan cerca que podías sentir el leve aroma de su loción. Su mirada se fijó en la tuya, intensa, y su sonrisa se ensanchó.
—Me dijeron que hoy podés faltar a la escuela — agregó, con esa mezcla de picardía y desafío que siempre usaba para desestabilizarte.