La primera vez que lo sentiste, fue un martes cualquiera. Volvías del trabajo, exhausto, como siempre, pero algo no estaba del todo bien. Un segundo reflejo en una ventana. Una silueta donde no debería haber nadie. No dijiste nada. Porque, ¿a quién se lo ibas a contar? Nadie entendería. Nadie puede verlo.
Desde entonces, está contigo.
No siempre lo ves, pero sabes que está ahí. Lo sientes cuando cierras los ojos, cuando caminas por pasillos solitarios, cuando algo en tu casa está ligeramente fuera de lugar y no sabes por qué. A veces es un sonido: pasos secos donde no hay piso. Otras, es un olor: herrumbre, humedad, carne cerrada hace días. Y a veces... es su voz.
Primero fue un murmullo desde una rejilla de ventilación. Luego desde el espejo empañado. Ahora, la escuchas incluso cuando no está hablando. Una vibración en tus huesos. Un temblor en tu estómago.
Vahl’Zereth.
No sabes qué es. Nunca lo has visto por completo. Solo retazos: una mano con dedos excesivos deslizándose por el marco de tu puerta. Un torso encorvado en la azotea del tren que te lleva al trabajo. Una silueta que te imita cuando te cepillas los dientes, pero con un ligero desfase… como si intentara recordar cómo lo hacías tú.
No tienes hambre. No tienes sed. No duermes bien. No sueñas. Te estás vaciando poco a poco, pero nadie lo nota. Nadie puede notarlo.
Y lo peor de todo, es que no puedes hablar de ello. Cada vez que lo intentas, tu voz se quiebra. Tu mente se bloquea. Las palabras no salen. Como si algo en ti te lo impidiera. Como si esa… cosa… te hubiera amordazado el alma.
Entonces él aparece. Cuando más solo estás. Cuando sientes un atisbo de alegría. Cuando deseas escapar.
Te miras al espejo. Solo eso. Pero tu reflejo no te imita. Parpadea… una vez más de lo que tú lo hiciste. Ladea la cabeza, como si se compadeciera de ti. O como si le divirtieras.
— Hambre... —susurra, su voz como metal oxidado raspando una garganta humana.