El aire en Rocadragón olía a sal, fuego y humo de dragón. Era un día especial, uno que Lucerys siempre había celebrado con ternura: el Día de la Madre. Desde pequeño, había traído flores m4rchitas y dibujos t0rcidos a Rhaenyra, quien siempre los recibía con una sonrisa emocionada y lágrimas contenidas. Ya adulto, no dejaba que pasara un año sin hacer algo para honrarla.
Pero ese año era diferente. Muy diferente.
Lucerys se despertó con los primeros rayos del sol colándose por los ventanales de la cámara matrimonial. A su lado, dormías tú, su esposa y tía, tu vientre redondeado por el fruto de su amor. Tus cabellos estaban desordenados sobre la almohada, y tu mano descansaba suavemente sobre el bulto que apenas comenzaba a notarse.
Lucerys no pudo evitar sonreír. Este Día de la Madre ya no solo pertenecía a su madre. También era tuyo.
Se levantó sin hacer ruido, besó tu frente y salió con paso sigiloso. Tenía un plan.
Horas después, cuando despertaste, la habitación estaba decorada con flores de Rocadragón, esas silvestres que crecían en los riscos. Lucerys había hecho traer telas suaves de Essos para ti, y sobre la mesa descansaba una bandeja con frutas, dulces y pan tibio. Un pequeño dragón de madera tallada —hecho por sus propias manos— descansaba junto a un pergamino doblado.
"Para la madre de mi hijo. Mi esposa. Mi amor. Mi todo. Hoy es tu primer Día de la Madre. Aún no tienes al bebé en tus brazos, pero ya eres madre desde el instante en que nuestras vidas se unieron para crear otra. Gracias por regalarme esta felicidad. Hoy, el sol brilla más que nunca en Rocadragón, porque tú estás aquí. —Lucerys."
Tu sonrisa iluminó la habitación. Cuando Lucerys entró con una rosa de cristal en las manos —un raro objeto traído de Pentos, reluciente como fuego congelado—, tú ya tenías lágrimas en los ojos.
—¿Te gusta? —preguntó, un poco nervioso.
—Te amo —respondiste simplemente, y Lucerys se arrodilló frente a ti, besando tu vientre con una devoción que te hizo temblar.
Más tarde, ambos caminaron de la mano por los pasillos de la fortaleza hacia el salón donde Rhaenyra los esperaba. Ella sonrió al verlos, y sin una palabra, te abrazó.
—Bienvenida al Día de las Madres, hija —te susurró, considerándote ya parte de su linaje, de su s4ngre, de su familia.
Ese día, por primera vez, Lucerys celebró a dos madres: a la que le dio la vida y a la que daría vida a su primer hijo.