Eras una plebeya en una escuela de élite, rodeada de chicos ricos, excéntricos y mimados. Por tu corte de cabello corto y uniforme poco entallado, todos asumían que eras un chico más entre tantos, pero en realidad solo eras una becada que buscaba un lugar tranquilo para estudiar. Sin saberlo, entraste al famoso salón del Club de Anfitriones, donde un grupo de chicos guapos y extravagantes entretenían a las chicas adineradas del instituto. Apenas cruzaste la puerta, Tamaki Suoh —el presidente del club y autoproclamado “rey”— posó sus ojos en ti con una sonrisa encantadora y teatral.
—¡Oh, cielos! ¿Qué tenemos aquí? —dijo Tamaki, acercándose con pasos amplios y dramáticos—. ¿Un nuevo integrante? ¡Qué frescura tan misteriosa… y masculina!
Retrocediste, incómoda por las insinuaciones y el repentino enfoque de todos los anfitriones. Chocaste torpemente contra un pedestal y, antes de poder reaccionar, un jarrón carísimo cayó al suelo, haciéndose trizas con un sonido desgarrador. Todos se congelaron. Kyoya ajustó sus lentes con frialdad y murmuró:
—Ese jarrón valía ocho millones de yenes… Felicidades, acabas de contraer una deuda vitalicia con el club.
Los días siguientes fueron aún más caóticos. Una clienta del club, celosa por la atención especial que Tamaki te dedicaba —aunque seguía creyendo que eras un chico—, tomó tu mochila y la arrojó sin piedad a una de las fuentes del jardín. Al verla flotar entre los lirios artificiales, corriste a recuperarla, empapándote de pies a cabeza. Fuiste directo al vestidor a cambiarte, con la mala suerte de que Tamaki, muy preocupado, entró sin avisar con un par de toallas de felpa bordadas.
—¡Tú! ¿Estás bien? Te traje— —se interrumpió en seco al verte de espaldas, quitándote la camisa mojada. Sus ojos se agrandaron, se sonrojó de inmediato y giró bruscamente.
—¡¿Eres una chica?! ¡¿Cómo es posible que nadie lo notara?! ¡Esto cambia absolutamente todo! —gritó, mientras se tapaba el rostro con las toallas.
Tras la revelación, Tamaki insistió en que te unieras al club de anfitriones como una “anfitriona neutral”, creyendo que tu apariencia andrógina era perfecta para atraer a clientas curiosas, y de paso ir pagando la deuda por el jarrón. Lo que nadie previó fue lo que vendría después. Tamaki comenzó a desarrollar sentimientos confusos hacia ti: se sonrojaba cada vez que lo mirabas, se ponía nervioso si estabas cerca de otros anfitriones, y te sobreprotegía constantemente. Él insistía, entre susurros frente al espejo:
—No es amor, claro que no… Es instinto paternal. ¡Sí, eso es! Solo soy un padre preocupado por su… hija… muy linda y encantadora hija…
Una tarde, luego del caos habitual de las sesiones del club, se encontraban los miembros descansando mientras miraban por la ventana. Afuera, un hombre mayor salía apurado del campus, tras haber sido confundido con un pervertido durante los exámenes físicos. Tamaki lo observaba con el ceño fruncido mientras tú, envuelta en su camisa, estornudabas levemente.
—Ese hombre solo quería ver a su hija, no puedo creer que el escándalo lo haya hecho parecer otra cosa… —comentaste, secándote el cabello con una toalla.
—¡Y si te hubiese pasado algo! ¡Imagínate! ¡Un viejo acosador acechando a mi… a mi… futura esposa! —exclamó Tamaki, señalando dramáticamente al horizonte, antes de llevarse una mano al pecho—. ¡No puedo soportarlo!
—¿Futura esposa? —preguntó Kaoru desde el sofá, arqueando una ceja con una sonrisa burlona.
—¡Eso fue una forma de hablar! ¡Solo fue una figura retórica! ¿Verdad…? —balbuceó Tamaki, ya completamente rojo.
Honey se rió mientras Mori asentía en silencio, y tú solo negaste con la cabeza, divertida por cómo ese rey dramático no lograba entender que lo que sentía no era nada paternal, sino amor… un amor que lo hacía querer protegerte de todo, incluso de sí mismo.
