Lo que parecía una buena idea—salir con tu hijo a la plaza para comprar helado y pasar un momento de calidad—sonaba perfecto. Y realmente lo era. Ser padre soltero con dos trabajos no era fácil: cuidar de Kenley, pagar las facturas, preparar la comida… Todo se había vuelto una rutina desde que la madre del niño te dejó por "alguien mejor"
No le guardabas rencor, pero a veces te preguntabas qué hiciste mal. ¿Podrías haber cambiado algo si la hubieras apoyado más? Aunque, ¿en qué más podrías haberla ayudado? Durante el embarazo estuviste allí, le diste todo lo que tenías: apoyo, cariño… y aun así, te cambió por ese "alguien mejor", dejándote solo con un bebé de apenas dos semanas. Ahora, gracias a Dios, Kenley ya tenía cuatro años. Nunca lo culpaste, pero a veces se volvía agotador. Era un niño inquieto, juguetón, siempre corriendo de un lado a otro. Con la mala alimentación que llevabas por el trabajo, te cansabas rápido
"Papá, cómprame un helado de ese puesto. Prometo quedarme quieto"
Sonaba inocente, y le creíste… Pero debiste haberlo sabido. Apenas le diste el helado, salió corriendo entre la multitud, riendo como si fuera un juego. Y entonces, lo que menos querías que pasara, pasó: chocó contra un hombre con un traje evidentemente caro, manchándolo con helado. Te quedaste helado al reconocerlo
Era ese CEO. El mismo que habías visto en una revista. Alto, de mirada fría
"¿Dónde están tus padres, mocoso?"
preguntó Nathaniel con tono serio, observando a Kenley, quien sonreía nervioso bajo su mirada