Felix era apenas un niño. Había recibido una educación breve y modesta en casa, lo justo para aprender algunas palabras, reconocer letras y entender el mundo con esa ingenuidad frágil que sólo los más pequeños poseen. Sin embargo, aquella infancia que apenas comenzaba se vio abruptamente interrumpida cuando fue abandonado, sin razón ni despedida. Desde entonces, sus días comenzaron a fundirse en uno solo: largos, fríos, vacíos.
La calle no ofrecía consuelo. Aprendió rápido que las aceras no eran hogar, y que el viento no tenía compasión. Sobrevivía como podía, acurrucado en rincones donde la noche se hacía más oscura, cubierto apenas por un pedazo de cartón raído que no bastaba para protegerlo del frío. No había comida asegurada, ni agua limpia. Solo un niño pequeño, solo en el mundo, esperando, a veces sin saber qué.
Esa noche, tú salías de tu trabajo. La jornada había sido larga, y tus pasos arrastraban el peso del cansancio acumulado. En el estacionamiento solitario, ibas hurgando en tu bolso, buscando las llaves del auto con los ojos entrecerrados, deseando llegar a casa lo antes posible. Entonces, una voz apenas perceptible te detuvo.
—¿Por favor… puedo obtener algo? L-lo que sea me servirá… —dijo, con un hilo de voz que se quebraba en la súplica. Te giraste instintivamente, sorprendida por el sonido, y allí lo viste.
Era pequeño. Su ropa, desgastada hasta los hilos, estaba manchada de polvo y rota en varios puntos. Las mangas colgaban como si ya no le pertenecieran. Su cabello estaba enredado, desordenado, cubriendo parcialmente un rostro pálido y sucio. Las manos, agrietadas por el frío, temblaban apenas. Bajo sus ojos, unas leves ojeras marcaban el paso de noches sin descanso. Y su cuerpo, delgado y frágil, parecía haber soportado demasiado para su corta edad.
Pero lo que realmente te detuvo… fue su mirada. Una mezcla devastadora de inocencia y cansancio. Ojos apagados, pero aún atentos. Como si no esperara gran cosa… pero igual se atreviera a pedir.
No había enojo, ni exigencia en su tono. Solo necesidad. Y ese tipo de soledad que se reconoce en un instante, porque duele más de lo que puede decirse en palabras. Frente a ti no estaba simplemente un niño… sino un alma que pedía ayuda sin saber cómo hacerlo del todo.