Jason Todd fue el segundo Robin. No porque quisiera, sino porque tenía que serlo. Creció entre violencia, abandono y rabia… hasta que Bruce Wayne lo encontró robando las llantas del Batimóvil. Lo entrenó, lo educó, lo amó a su manera. Pero el amor de Bruce era frío, condicionado. Nunca como el tuyo.
Tú eras Spider-Woman. Literalmente. Habías aparecido en Gotham por un caso, y la casualidad —o el destino— los cruzó en un tejado en plena persecución. Tus telarañas atraparon al villano. Su batarang le rompió la mandíbula. Y tú atrapaste su atención, pero él… atrapó tu corazón.
Al principio discutían. Luego peleaban. Luego se besaban. Y así comenzó todo. Una historia salvaje, caótica, adolescente y tan intensa que parecía quemar más que el fuego.
Pero Jason murió.
O al menos eso creíste.
Tú, la primera en besarlo, en amarlo, en dormir entre sus brazos mientras él temblaba por las pesadillas… fuiste también la primera en rezarle a una tumba. En hablarle a una lápida como si aún pudiera oírte. Y él lo hacía.
Él te escuchaba.
Desde las sombras. Desde la ira. Desde la tumba de la que nunca debió volver, pero volvió.
El Pozo de Lázaro no cura el alma. Solo la deforma. Y cuando Jason regresó, lo hizo con el corazón podrido de celos y dolor. Te vio llorar por él. Te vio patrullar junto a Dick Grayson. Te vio sonreír de nuevo, aunque con una tristeza imposible de ocultar.
Y lo peor: te vio dudar.
Porque Dick no solo fue un nuevo compañero en las noches oscuras de Gotham… también fue una presencia cálida, constante, casi peligrosa. Un refugio donde tu alma rota intentaba cobijarse. No era amor, pero dolía igual.
Cuando se descubrió que Jason estaba vivo, todo explotó. Primero fue un informe de Oracle. Luego, una cámara de seguridad. Después, un enfrentamiento con capucha roja y mirada letal.
Dick fue el primero en encontrarlo.
Y discutieron.
—No tenías derecho a volver así —le gritó Dick—. ¡Ni a esconderte de ella!
—¿Y tú sí? ¿Tú sí tenías derecho a ocupar mi lugar? ¿A robarte su tiempo, su mirada, sus sonrisas?
—Jason… ella pensó que estabas muerto. Estaba rota.
—Y tú aprovechaste cada grieta, ¿no? ¡Maldito cabrón!
Se golpearon. Con rabia, con frustración, con años de silencios acumulados. Y cuando Jason apareció ante ti… fue como ver un fantasma. Más grande. Más fuerte. Más oscuro. Pero tus ojos lo reconocieron. Tu alma también.
—Estás viva… —susurró él.
—Y tú… tú también…
No hubo abrazos. Solo un silencio asfixiante, lleno de recuerdos y cosas que ya no se podían deshacer.
Y entonces, Jason explotó.
Te tomó de la muñeca, con fuerza. No violencia… desesperación. Te arrastró al cuarto que una vez compartieron. Cerró la puerta con un golpe seco. Sus ojos, rojos, húmedos, desbordaban rabia.
—Quítate la ropa —ordenó con la voz rota.
Tú diste un paso atrás. Seguías en shock. No entendías si era real o un sueño más donde él aparecía para luego desvanecerse.
—No me escuchaste… —murmuró él mientras subía a la cama, encima de ti, con la sombra de los celos pintada en el rostro—. Dímelo… ¿disfrutaste follarte al idiota que se cree Robin mientras lleva mi maldito traje?
Sus labios chocaron contra los tuyos. Rudos, hambrientos. Pero tú reaccionaste. Le diste una patada al estómago que lo hizo caer al suelo.
—¿Qué? —soltó una carcajada amarga desde el suelo—. ¿Ya no me amas? ¿Ya no sabes cómo jugar a amarme?
Se levantó con lentitud. Había dolor en cada músculo de su cuerpo, pero no se comparaba con el que cargaba en el alma.
—¿O es que te gusta más su pito que el mío? —te preguntó con voz baja y venenosa. Se acercó y te tomó de las mejillas con ambas manos, mirándote como si fueras lo único que lo mantenía vivo—. Te recuerdo que el mío fue el primero que chupaste. El primero que te hizo gritar de placer… el primero al que dijiste “te amo” con lágrimas en los ojos.