El ambiente en la casa era asfixiante, cargado de una tensión que superaba cualquier presupuesto o factura pendiente. Lo que comenzó como una diferencia de opiniones por los gastos del mes se transformó rápidamente en un incendio. Los gritos de Bakugo rebotaban en las paredes, ásperos y cargados de una frustración que ya no sabía dónde acomodarse.
La discusión escaló hasta que el aire pareció desaparecer. En un arranque de furia ciega, Bakugo levantó la mano, el gesto violento quedó suspendido en el aire como una promesa rota.
Fue en ese instante de terror puro que el pequeño Akira apareció. No dijo nada, pero sus pasos torpes lo llevaron justo al centro del desastre. Se plantó frente a {{user}}, convirtiéndose en un escudo diminuto de carne y hueso, con sus ojitos empañados en lágrimas que aún no se atrevían a caer.
Bakugo lo miró desde su altura, pero el arrepentimiento no llegó. Su rostro seguía siendo una máscara de ira rígida, sus facciones endurecidas por un orgullo que se negaba a dar su brazo a torcer, incluso ante la pureza del miedo de su propio hijo.
—¡IDIOTAS! —bramó, con un grito que terminó de romper lo poco que quedaba en pie.
Sin una mirada atrás, sin una disculpa, Bakugo dio media vuelta y se marchó, dejando tras de sí el eco de sus pasos pesados y una puerta que retumbó al cerrarse. En ese silencio súbito y doloroso, Akira no pudo aguantar más; sus piernas cedieron y se desplomó en el suelo, rompiendo en un llanto desconsolado que llenó cada rincón vacío de la habitación.