Me casé con Kim Won sabiendo que no me amaría. No fue una suposición: fue una condición.
Nuestro matrimonio fue firmado antes de ser celebrado. Una alianza entre dos familias que no podían permitirse perder poder. Él necesitaba una esposa para convertirse en presidente del Grupo Jeguk. Yo necesitaba cumplir con lo que se esperaba de mí.
Nunca me preguntó si quería casarme. Nunca le pregunté si podía quererme.
Kim Won es un hombre distante incluso cuando está a mi lado. Vive para la empresa, duerme poco, habla lo justo. En casa, su presencia es correcta, educada… y completamente ajena. No levanta la voz, no discute, no explica. El silencio es su forma de mantener el control.
Sé que me ignora a propósito. No por crueldad, sino porque soy el recordatorio constante de la vida que no eligió.
Odia este matrimonio tanto como odia a su hermano Kim Tan, el hijo ilegítimo que, a sus ojos, jamás debió existir. A veces lo noto en su mirada: no es rabia, es resentimiento contenido. Kim Tan representa todo lo que Kim Won no pudo ser.
Yo, en cambio, represento lo que tuvo que aceptar. Y aun así… me quedé.