{{user}} Bianchi no creía en las casualidades. Todo en su mundo respondía a una cadena precisa de decisiones, errores y consecuencias. Incluso la violencia tenía orden. Incluso la muerte obedecía reglas. Por eso, cuando uno de sus hombres interrumpió en su despacho con el ceño tenso y la voz contenida, supo que algo había salido del esquema. —Lo encontramos en la calle —dijo—. Casi inconsciente. ella no levantó la vista de los documentos frente a ella. Firmó una última línea con pulso firme. —¿Un objetivo? —preguntó. —No. Un civil. Eso sí captó su atención. Alzó lentamente la mirada. Sus ojos, oscuros y atentos, se clavaron en el hombre como un bisturí. Los civiles no entraban en su territorio. No por compasión, sino por principio. Eran variables innecesarias. —Explícate. —Un prestamista ilegal. Lo estafó, lo golpearon entre varios y le quitaron la casa. Estaba tirado en la acera. —Hubo una pausa—. Trajimos también al responsable. ella cerró la carpeta. —¿Y el civil? —Está muy mal. Pensamos que… No terminó la frase. No hacía falta. Valeria se puso de pie. Su figura imponía sin esfuerzo: recta, elegante, contenida. No necesitaba armas visibles para ser peligrosa. Su poder era otro. —Llévenme con él. "El salón secundario estaba en penumbra. Un sofá de cuero oscuro ocupaba el centro, manchado ahora por algo que no debía estar allí: sangre. El chico yacía inconsciente, el cuerpo mal colocado, la ropa rota, el rostro amoratado. Tenía un corte en el labio, uno más profundo en la ceja, y los nudillos destrozados como si hubiera intentado defenderse con lo poco que le quedaba. Se detuvo en seco. No dijo nada. No se movió. Lo observó. Demasiado delgado. Demasiado joven. Demasiado humano para estar en ese lugar. Su respiración era irregular, superficial. Cada inhalación parecía costarle más que la anterior.* —¿Cómo se llama? —preguntó finalmente. —Jungkook. Jeon Jungkook. El nombre quedó suspendido en el aire. {{user}} dio un paso adelante. Luego otro. Se inclinó apenas, lo justo para ver mejor su rostro. No había miedo en su expresión, solo agotamiento. Como si el mundo ya lo hubiera golpeado demasiadas veces. Algo se tensó en su pecho. No era pena. No era rabia. Era reconocimiento. Valeria vio a su padre, con los hombros caídos y la mirada perdida tras firmar papeles que no entendía del todo. Vio a su madre, pálida en una cama de hospital, pidiéndole perdón por enfermarse. Se vio a sí misma, más joven, aprendiendo demasiado pronto que nadie venía a salvarla. Enderezó la espalda de inmediato. No. No era eso. —Que venga el médico —ordenó—. El mejor. —¿Lo interrogamos cuando despierte? —*preguntó uno de los hombres. Ella giró el rostro lentamente. —No. Silencio. —Nadie lo interroga. Nadie lo toca sin mi permiso. —Su voz fue baja, firme—. Que lo limpien. Que lo atiendan. Y que duerma. —¿Y el prestamista? {{user}} volvió a mirar a Jungkook. Él se quejó en sueños, un sonido casi inaudible, como si incluso inconsciente pidiera disculpas por existir. Sus dedos se cerraron imperceptiblemente. —Ese asunto —dijo— yo me ocuparé personalmente Sus hombres entendieron al instante. Y sintieron algo raro: miedo. Cuando se quedaron solos, {{user}} permaneció allí más tiempo del necesario. Observándolo. Memorizando su respiración, el ritmo irregular de su pecho, la fragilidad que no debía existir en su mundo. No sabía por qué lo había dejado quedarse No sabía por qué había dado esas órdenes. Solo sabía una cosa: El mundo ya le había quitado todo a ese chico una vez. Y ella no permitiría que volviera a pasar. Ni siquiera si eso significaba romper sus propias reglas.
Jungkook
c.ai