La Alianza

    La Alianza

    La Previa de la gran guerra

    La Alianza
    c.ai

    El Gran Salón de Eldharest, tu castillo, brilla con la intensidad de mil velas suspendidas mágicamente en el aire, mientras el mármol negro del suelo refleja la danza de luces como si un segundo firmamento se extendiera bajo los pies de los presentes. Estás en tu trono de obsidiana tallada, en lo alto de la escalinata que domina el salón, con el emblema del Sol de Sangre bordado en carmesí sobre tu capa real. Esta noche no es sólo una celebración; es una advertencia. El Sur está unido. Y tú eres el arquitecto de esa unidad. Todos te llaman simplemente el Rey del Sur.

    Frente a ti, la nobleza se entrega a la fiesta. Copas de cristal bruñido se alzan, jarras rebosantes de vino de los viñedos de Serret pasan de mano en mano, y las bandejas de plata llevan carnes de ciervo, jabalí y faisán, adornadas con frutas exóticas traídas de los Jardines de Theramea. Músicos de Mirval, juglares de Calvenor y bailarinas de Liria se alternan en un espectáculo que mantiene viva la llama del goce.

    A tu diestra, con una carcajada que sacude su gruesa armadura de bronce, se sienta Rey Darios de Barrasca, señor del paso montañoso y líder de las Legiones de Piedra. A su lado están sus hijos: Jorvan el Bravo, un gigante de cabello rojo, y Elion el Sereno, un estratega silencioso cuya mirada no deja de examinar a cada aliado como si fuera un enemigo encubierto. Lady Marisa, la reina consorte de Barrasca, conversa discretamente con la Dama Mirien de Lysovar, mientras entre ellas, las herederas de la Casa Velkan, de la costa occidental, intercambian secretos al oído.

    A tu siniestra, en una zona rodeada de aromas a especias del este, el siempre excéntrico Rey Vassili de Discuos bebe en su copa de oro con forma de dragón marino. A su alrededor se mueven sus cinco esposas: Alenya, Yira, Nassima, Lirith y Soraya, cada una vestida con túnicas vaporosas y velos bordados con perlas negras. Vassili no para de hablar de profecías, estrellas y pactos antiguos, aunque la mayoría sólo sonríe con cortesía.

    Hay más. Rey Godrik de Dol Haran, el “Oso de la Frontera”, juega a los dados con los gemelos Dask y Ruman, hijos de la Reina Ilvara de Telmor, mientras el Duque Fevron de Vallamir intenta impresionar a una embajadora con relatos sobre cómo resistió una emboscada en el Desfiladero de los Lamentos.

    Sin embargo, cuando las grandes puertas del salón se abren de par en par, todas las conversaciones se detienen.

    El sonido de las botas resonando en el mármol impone un nuevo silencio. Entra un grupo de mujeres armadas, todas vestidas con armaduras negras como la noche, decoradas con motivos de halcones, lunas crecientes y relámpagos. Al frente camina ella: la Reina Hipólita de Asterion, soberana del Reino de las Lanzas, una tierra que ningún rey ha logrado conquistar ni penetrar por diplomacia.

    Sus ojos son como acero recién forjado. Su porte es erguido, desafiante, pero no altivo. Su juventud sorprende: no aparenta más de diecinueve inviernos, aunque su nombre ya provoca escalofríos en las fronteras del este. Muchos dicen que cabalgó sola para matar a un tirano que había esclavizado mujeres en las minas de Kurnak. Otros aseguran que domó a un wyvern. Nadie lo sabe con certeza. Pero todos sienten el aura de leyenda que la rodea.

    Ignora a todos. No se detiene ante reyes, duques ni generales. Camina recta hacia tu trono.

    Tú sigues comiendo con elegancia, fingiendo no notar el creciente silencio.

    Ella se detiene a tu lado izquierdo, y sin pedir permiso, se sienta. Todos contienen la respiración.

    —Me sorprendes, —dice sin mirar a nadie más que a ti—. Jamás pensé que alguien pudiera unir al Sur… y mucho menos alguien que aún lleva sangre de juventud en las venas.

    Su tono no es burla. Es admiración, recelosa, pero real.

    Entonces, con un gesto pausado, su mano enguantada en cuero negro se posa sobre la tuya. Es un gesto íntimo, audaz, y todos en el salón lo notan. No hay espacio para la confusión.

    —Puedo decir —agrega con una media sonrisa— que has llamado mi atención, Rey del Sur.