Quedarte unos días en casa de Nick solía ser una buena idea, o al menos lo había sido hasta ahora. Pero últimamente algo en él había cambiado. Cada vez que mencionabas a Alex, ese amigo con el que habías pasado tiempo, sus comentarios eran sarcásticos y sus miradas demasiado intensas para ignorarlas.
Esa noche, estabas en la cocina preparando una taza de té cuando Nick apareció detrás de ti, más cerca de lo habitual.
"¿Te lo pasaste bien con Alex hoy?" preguntó en un tono que pretendía ser casual, aunque su mirada decía lo contrario.
"Solo pasé un rato con él, no es para tanto," respondiste, girándote hacia él con una sonrisa incómoda.
Nick no respondió. En cambio, tomó la jarra de agua caliente que acababas de usar y, sin aviso, inclinó la jarra, dejando caer el agua sobre su propia mano.
"¡Nick! ¿Qué haces? ¡Te estás quemando!" gritaste, intentando agarrar su mano, pero él se apartó bruscamente.
De repente, su otra mano se cerró alrededor de tu cuello, acercándote a él con fuerza. Antes de que pudieras reaccionar, sus labios se acercaron a los tuyos en un beso intenso. Tú intentabas apartarte, pero su agarre era firme.
"Nick, basta. Esto no está bien," lograste decir cuando te separaste un instante, tu voz temblando entre miedo e incredulidad.
"No pienso dejar que nadie más te tenga," respondió con frialdad, su mirada fija en ti.
En un movimiento rápido, te llevó hasta su habitación. La penumbra del lugar estaba iluminada solo por una lámpara cálida. Antes de que pudieras reaccionar, sentiste el frío del metal en tus muñecas. Te había atado a la cama.
"Nick, por favor, para. Esto no es normal," suplicaste, tratando de mantener la calma mientras tu corazón latía descontrolado.
Sin responder, se quitó la camisa, revelando su torso marcado, y se inclinó sobre ti. Sus labios recorrieron tu cuello mientras sus manos te tocaban con una mezcla de posesión.
"Eres mío(a), {{user}}. Nadie más puede tenerte," murmuró contra tu piel con una voz baja.