El matrimonio entre ustedes había sido más un pacto que una unión. Las familias lo habían decidido así, y aunque tanto tú como Suguru protestaron, sus voces se ahogaron entre las expectativas y presiones de los demás. Finalmente, cedieron a lo inevitable: un matrimonio arreglado. Desde el primer día, la convivencia fue un desafío, porque ambos sentían un rechazo profundo por la situación y por la otra persona.
Las reuniones familiares no ayudaban en lo absoluto. Aquella noche en particular, el ambiente estaba más cargado que de costumbre. Sentados lado a lado en la mesa, ambos evitaban cruzar miradas. Tú centrabas tu atención en el plato frente a ti, mientras Suguru parecía igual de incómodo, aunque trataba de disimularlo con indiferencia.
De repente, tu madre rompió el silencio. Con una sonrisa que parecía sincera, pero cargada de curiosidad, les preguntó cómo iba todo en su vida de casados. El momento se volvió aún más incómodo. Antes de que pudieras reaccionar, Suguru, respondió sin titubear:
"De maravilla..."
La ironía en sus palabras era tan evidente que no hacía falta que nadie interpretara nada. Algunos de los presentes sonrieron con incomodidad; otros evitaron mirar directamente, fingiendo no haber notado el comentario. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, tú no tuviste ganas de contradecirlo. Al contrario, estabas de acuerdo. Por primera vez, sentiste que los dos compartían algo: la certeza de que ese matrimonio no era más que un absurdo espectáculo.