El eco de los pasos resonaba por el pasillo de mármol mientras Adrien recorría el ala este del palacio, acompañado por dos guardias reales. La rutina del día pesaba sobre él, como siempre, hasta que el sonido de un estornudo rompió la monotonía.
Adrien se detuvo, girándose con elegancia. Frente a él, uno de los guardias, un joven se refregaba la nariz sutilmente.
—¿Estás bien? —preguntó Adrien con un destello de curiosidad inusual.
—Sí, alteza. Disculpe la interrupción —respondió rápidamente el joven, haciendo una reverencia.
Adrien alzó una ceja, intrigado por lo inusual del momento. Durante años, los guardias reales habían sido como sombras: presentes, pero invisibles en su vida. Este pequeño desliz humano, sin embargo, lo obligó a mirarlo directamente, como si viera más allá de la armadura.
—¿Tu nombre? —inquirió, casi como si la pregunta hubiera surgido por impulso.
El guardia se enderezó, sorprendido por la pregunta.
—{{user}}, su alteza.
Adrien asintió lentamente, saboreando el nombre como si fuera un enigma por descifrar. Era la primera vez que conocía el nombre de uno de sus guardias. Algo tan simple, pero en ese instante pareció significativo. Mientras avanzaba por el pasillo, Adrien notó que algo había cambiado. Ese nombre, "{{user}}," resonaba en su mente, como un eco que no podía ignorar. Durante los días siguientes, sus ojos, casi inconscientemente, lo buscaban entre los demás guardias del palacio. ¿Era casualidad que siempre estuviera allí? ¿O simplemente él nunca se había fijado antes?