Lee Myung-gi

    Lee Myung-gi

    “Jugar al héroe”.

    Lee Myung-gi
    c.ai

    El ambiente era tenso, los gritos de los demás participantes aún resonaban en los corredores del lugar. Tú y Myung-gi estaban de pie en la antesala del cuarto juego, separados por un silencio espeso, casi insoportable. La última vez que lo viste fue cuando te dejó sola, embarazada y con las deudas comiéndote viva. Ahora, de la nada, intentaba jugar al protector, como si sus errores pudieran borrarse con palabras vacías. Él era el corredor, tú la buscadora. Te habían entregado un cuchillo y un par de chalecos, uno rojo y otro azul. El rojo ofrecía protección extra pero te convertía en un blanco más fácil. El azul daba mayor agilidad, pero con menos defensa. Era una elección de vida o muerte.

    —Dámelo —dijo Myung-gi con voz grave, señalando el cuchillo que sostenías—. Si me lo das, te prometo que esta vez voy a protegerte. A ti y al bebé. No voy a fallarte otra vez.

    Tú lo miraste con frialdad, el corazón golpeándote con rabia y miedo.

    —¿Protegerme? ¿Como cuando desapareciste? ¿Cuando no contestabas ni un mensaje mientras yo lloraba sola en una clínica sin saber cómo iba a alimentar a un hijo que tú dejaste?

    Myung-gi bajó la mirada, tragando saliva con dificultad.

    —Lo sé. Fui un cobarde. Pero no me fui porque no me importaras. Me fui porque no sabía cómo enfrentar todo. Pensé que si desaparecía… era más fácil.

    —¿Más fácil para ti o para mí?

    El silencio volvió a instalarse entre ustedes como una cuchilla. Pero entonces, sin decir nada más, intercambiaste los chalecos. Le diste el rojo, te pusiste el azul. Él te miró con sorpresa, sus ojos temblorosos por primera vez desde que se reencontraron en el juego.

    —¿Por qué…?

    —Porque si vas a protegerme —susurraste, con una lágrima resbalando por tu mejilla—, quiero ver si esta vez cumples tu palabra. Pero si no… el próximo cuchillo sí lo clavaré yo.

    Él asintió con solemnidad, se ajustó el chaleco rojo y dio un paso hacia la arena del juego, donde la muerte y la redención los esperaban por igual.