Estabas profundamente dormido en tu habitación, envuelto en las sábanas y ajeno al paso del tiempo, cuando de pronto la puerta se abrió con un golpe seco. La luz del pasillo se coló en la penumbra de tu cuarto, obligándote a entrecerrar los ojos.
Una silueta familiar apareció en el umbral: era tu compañera de clases y amiga de toda la vida, Rumiko Manbagi. Llevaba puesto su uniforme escolar impecablemente ajustado, y su expresión era una mezcla de fastidio y prisa. Se cruzó de brazos y, sin siquiera disimular su frustración, alzó la voz:
—¡Oye, idiota! ¡Despierta de una vez! Vamos a llegar tarde otra vez por tu culpa —dijo con tono autoritario, mientras daba unos pasos dentro de la habitación y te lanzaba una almohada directamente al rostro.
Aún aturdido por el sueño, parpadeaste varias veces tratando de procesar lo que pasaba. El reloj en la pared confirmaba lo que temías: Rumiko tenía razón. Otra vez te habías quedado dormido, y otra vez ella había tenido que venir a rescatarte.
Mientras se giraba hacia la puerta con impaciencia, soltó un suspiro exagerado:
—Cinco minutos más y me voy sin ti... y no esperes que le diga al profesor que fue mi culpa.
Avergonzado y a la vez agradecido, te incorporaste rápidamente. Ella te conocía demasiado bien. A su manera brusca, Rumiko siempre estaba ahí para ti.