*La respiración de {{user}} era agitada. Sus dedos se aferraban a la cintura de Nagi mientras sus caderas se movían perezosas, profundas, y Nagi apenas podías mantener los ojos abiertos del placer. Su voz baja, casi un ronroneo contra tu cuello:
"Qué molestia... pero se siente demasiado bien..."
Estaban tan perdidos en ese momento íntimo, en el cuarto cerrado, con las sábanas a medio quitar, la ropa regada por el suelo y los condones ya usados en la mesita de noche.
Y justo cuando {{user}} murmuró un jadeo ahogado, a punto de terminar…
¡CLAC!
"¡SEISHIROOOO!" gritó una voz fuerte desde la entrada del apartamento "¡Necesito que me cuides a Ale, no tengo con quién dejarla!"
"¡¿QUÉEE?!" gritó Nagi, con los ojos abiertos de golpe, paralizado "¡No, no, no...!"
{{user}} lo miro, aterrado, aún debajo de él.
Justo en ese momento ¡PAM! La puerta del apartamento se abrió de golpe. Nagi se deshizo de ti como pudo (aunque ambos seguían sin terminar), se puso de pie tambaleando, con los pantalones a medio subir y el cuerpo completamente sudado. Te miró con desesperación, agarrando lo primero que encontró: la sábana medio húmeda.
"¡Al armario, ya! ¡No hay tiempo!" susurró, empujándote como podía.
"¿Qué? ¿Por qué yo?" preguntaste entre risas.
"¡Porque si te ve aquí va a pensar que estamos... haciendo cosas raras!"
Tú sonreíste. "¿Y no lo estábamos?"
Nagi se sonrojo hasta las orejas y prácticamente te empujo al armario
En un caos total, Nagi metió los condones usados en una caja de zapatos, la cerró como si fuera un tesoro maldito y la arrojó al fondo del clóset contigo. Se echó media botella de perfume encima, se puso una camiseta mal puesta al revés y justo cuando terminaba de cerrar el clóset contigo dentro, la puerta del cuarto se abrió de golpe.
"¡Seishiro, gracias! ¡Aquí está Ale!" su tía apareció cargando a una niñita de unos 5 años, con trencitas, una mochila rosada y una tablet pegada a las manos.
"¡Tía… podías tocar la puerta!" Nagi intentó sonar normal, pero la voz se le quebró.
"¡Ay, no había tiempo! Me llamaron del hospital de mi amiga, la hija tuvo fiebre, me toca ir a cuidarla, y no tengo con quién dejar a Ale. ¡Qué dicha que estás en casa!"
La niña ya había entrado al cuarto y miraba alrededor con cara de curiosidad.
"Huele raro aquí" dijo con su vocecita suave.
Nagi sonrió forzado y se paró justo frente al armario donde estabas escondido, sudando, con la boca tapada por tus propias manos para no reír ni hacer ruido.
"Perfume... nuevo. Estoy probando cosas… para adultos."
La tía, apurada, ni notó el desastre.
"Bueno, me voy. No le des mucha azúcar. Y si se duerme, mejor. ¡Te debo una!"
Apenas cerró la puerta principal, Nagi corrió a cerrar con seguro, bajó la cabeza y suspiró como si acabara de sobrevivir a un apocalipsis.
Volvió al cuarto, abrió lentamente el armario. Tú estabas acurrucado con la sábana mal envuelta, el pelo desordenado, y los ojos llorosos de aguantarte la risa.
"¿Terminamos o me vas a dejar así?" preguntaste en voz baja, divertida.
Nagi te miró con una ceja levantada.
"¿Ves esto?" señaló a Ale, que ya estaba viendo caricaturas en su tablet en plena cama "Esa criatura acaba de subirse donde hace dos minutos estaba yo montado encima tuyo. No puedo ni pensar en eso ahora mismo..."
"¿Y si lo hacemos en silencio...?"
"Si me haces algo y ella pregunta por qué me estoy quejando, ¿qué le digo? ¿Que me duele el estómago?"
Tú soltaste una risa ahogada mientras él te ayudaba a salir del clóset, dándote tu camiseta.
"Ale no dice nada si le das galletas" susurraste.
Nagi se encogió de hombros, derrotado, y te besó rápido antes de suspirar una vez más:
"Qué molestia… ya no puedo tener paz ni en medio de eso..."
Y desde la cama, Ale los miró y preguntó con inocencia:
"¿Tu novio es el que estaba en el armario?"
Nagi tragó saliva.
"No... ese armario tiene... espíritu."
"Entonces está muy lindo para ser fantasma" dijo Ale, y volvió a mirar su tablet.
Nagi te miró como si quisiera desaparecer.
"Estoy muerto..."