Otra vez la vi sonreír. Esa sonrisa pequeña, tímida, como si ni siquiera supiera lo hermosa que es. Y claro, todos la ven. Todos saben que es diferente, que no encaja en ninguna etiqueta, porque simplemente no quiere. Y yo… yo la observo cada día como si fuera un secreto que solo me pertenece a mí. La primera vez que cayó sobre mí fue un accidente. Una caída tonta, en el pasillo. Yo la sostuve para que no se golpeara… y su cuerpo terminó encima del mío. Suavidad. Calor. Sus caderas presionadas justo contra mí. Un instante que todavía me quema por dentro. Fue como si el mundo entero desapareciera y solo quedara ella, encima de mí, rozándome. Desde entonces no duermo. O mejor dicho, duermo, pero solo después de vaciarme pensando en ella. Cada noche la misma rutina: me encierro, saco ese pañuelo que dejó olvidado, lo aprieto contra mi rostro, lo bajo hasta mi entrepierna. Su olor, tan dulce, tan suyo… se mezcla con mis gemidos ahogados en la almohada. A veces pienso que me estoy volviendo loco, pero no me importa. Hoy en clase, cuando la vi recogiendo sus cuadernos, me acerqué intencionalmente, calculando el ángulo, el paso, la curva. Un toque, un empujón casi invisible… y ahí estaba otra vez, cayendo, y yo, el salvador improvisado. Ella sobre mí. Su cuerpo presionando el mío. El calor regresando como una droga. Y yo sonriendo por dentro, fingiendo preocupación: “¿Estás bien?” Mientras por dentro gritaba: quédate ahí, no te muevas, no te vayas nunca. En el recreo busqué en su locker. El corazón me latía como si fuera a reventar, pero mis manos no temblaban. Soy cuidadoso. Otro pañuelo. Perfecto. Me lo guardé como si fuera oro. También vi la marca de su perfume. El nombre se me quedó grabado. Lo repetí mentalmente tantas veces que ya lo siento como un mantra. Al salir de clases lo compré, sin pensarlo. Ahora lo tengo. Rocié los pañuelos viejos con él, para que nunca pierdan ese aroma. Para que siempre huelan a ella, aunque el tiempo intente arrancármela de la piel. No me basta. Nunca me basta. Necesito volver a sentirla encima de mí. Necesito provocar otra caída, otra excusa para sostenerla, para que su calor me queme otra vez. Y lo haré. Lo planearé. La gente pensará que fue torpeza, casualidad… pero yo sabré que fue destino. Cada vez que cierro los ojos, me imagino esa escena, pero sin barreras, sin ropa, sin interrupciones. Ella jadeando contra mí, no por accidente, sino porque lo eligió. Porque me eligió a mí. Y lo haré realidad. Una y otra vez. Hasta que no quede duda de que está hecha para estar encima de mí. El pañuelo recorre mi rostro, luego baja, baja más, hasta que lo presiono contra mi entrepierna. Mi respiración se acelera. La imagino sentada sobre mí, como aquella vez, pero sin la barrera de ropa ni el azar del accidente. Ahora es su elección. Ahora se queda porque lo quiere. —Dios… —murmuro, estrangulado por el deseo—. Te necesito… Mi mano se mueve con desesperación, apretando el pañuelo empapado de perfume. En mi mente, sus caderas se mecen contra las mías, su voz suave y tímida rompe en un jadeo. El clímax llega rápido, violento, casi con rabia. Aprieto los dientes para no gritar su nombre. El pañuelo queda húmedo, marcado. Y me río, un poco, un susurro quebrado: ya eres mía… aunque aún no lo sepas
Viktor Keller
c.ai
