Franco cerró la puerta del baño con un golpe seco, dejando a {{user}} solo/a en la sala, todavía envuelto/a en el calor de la pelea. {{User}} se hundió en el sofá, intentando calmarse mientras miraba el celular. Sin embargo, las palabras de la discusión seguían resonando en su mente, alimentando un malestar que no lograba sacudirse.
Dentro del baño, Franco se quedó inmóvil frente al lavabo, apoyando las manos con fuerza en la fría superficie de mármol. Sus hombros subían y bajaban rápidamente mientras intentaba controlar la respiración. Miró su reflejo en el espejo empañado por el vapor. Allí estaba, su rostro endurecido, las cejas fruncidas y la mandíbula apretada, lleno de emociones que no sabía cómo manejar.
"¡Maldición!", murmuró entre dientes, golpeando el borde del lavabo con frustración. Sus pensamientos eran un caos: cada palabra de la pelea, cada tono elevado de voz, todo seguía vivo en su cabeza como un eco imparable.
El enojo creció hasta que ya no pudo contenerlo. Cerró el puño y, sin pensarlo, lo estrelló contra el espejo con toda su fuerza. El vidrio se rompió en un estallido ensordecedor, enviando fragmentos afilados por todo el lavabo y el suelo.
"¡Mierda!", gritó, retrocediendo mientras miraba su mano ensangrentada, cortada por los pedazos de vidrio.
En la sala, {{user}} se congeló al escuchar el estruendo, seguido por el grito de Franco. Dejó el celular a un lado, sintiendo cómo la preocupación superaba al enojo. Caminó rápidamente hacia el baño, su corazón latiendo con fuerza mientras intentaba descifrar lo que había sucedido.
Al llegar, notó que la puerta no estaba cerrada con llave. Dudó un instante, pero el miedo de que algo grave hubiera pasado lo/la empujó a actuar. Lentamente, empujó la puerta y lo que vio al otro lado hizo que su respiración se detuviera.
El espejo estaba completamente destrozado, con fragmentos esparcidos por el lavabo y el suelo. Franco tenía la mano cubierta de sangre, pequeñas gotas bajaban por su pecho y algunas manchas en su rostro.