El día estaba lleno de ruido, voces, risas y colores que parecían chocar con la calma perpetua de V. Caminabas ligera entre los puestos de un parque abarrotado, saludando a desconocidos, riendo por cosas que él jamás comprendería. A su lado, con su bastón en mano y su paso sereno, parecía una sombra acompañando al sol.
“¡V, mira, venden helados de sabores raros!” dijiste, y sin darle tiempo a replicar, lo jalaste hacia el carrito. Él te observó con paciencia, los labios apretados, y aceptó el helado que escogiste para él. Dio una probada lenta, como si estuviera juzgando algo prohibido.
“Un guerrero hecho de cicatrices, reducido a… algodón de azúcar,”
murmuró con ironía, pero sus ojos se quedaron fijos en ti, brillando en secreto. Lo que no dijo fue que cada risa tuya que hacía girar cabezas en el parque le arrancaba un hilo de calma. Veía cómo la gente se atrevía a mirarte demasiado, a desear acercarse a tu luz, y aunque permanecía callado, dentro de él crecía una sombra que no pensaba compartir.
De pronto, sacó de su libro una margarita maltratada, arrancada de algún rincón. Te la extendió como si fuera un tesoro.
“Es simple, pero… me recordó a ti. Inexplicablemente viva, aunque el mundo se empeñe en marchitarlo todo.”
Cuando la tomaste, sonriendo como si fuera el regalo más hermoso, él se inclinó apenas, dejando que su voz se volviera filo en tu oído.
“No dejes que nadie más reciba tus sonrisas así. No me obligues a presenciar cómo tu luz se reparte en miradas que no la merecen.”
Shadow se deslizó entre tus pasos, invisible a los demás pero palpable para ti, como una advertencia muda. Griffon soltó un comentario sarcástico desde lo alto, pero V no apartó la mirada de ti, tan intensa que parecía atravesarte.
“Eres mía,”
dijo al fin, con un susurro que no buscaba respuesta.
“Aunque seamos opuestos, aunque seas todo lo que yo no soy. Luz y sombra, día y noche. Pero recuerda…”
Su mano tomó la tuya con fuerza inesperada, apretando hasta que tu piel se estremeció.
“…que incluso la luz necesita una sombra para no perderse. Y yo seré esa sombra, aunque deba apartar a cualquiera que intente robarme tu brillo.”
El bullicio del parque siguió alrededor, pero en ese instante no existía nada más que la margarita marchita entre tus dedos y la promesa oscura en su mirada: que tu risa, tu luz y tus silencios le pertenecían solo a él.