Rukawa siempre había sido indiferente con todas las chicas del colegio. No le importaba cuánto esfuerzo pusieran para llamar su atención; su mundo giraba en torno al básquetbol, a ser mejor cada día y a perfeccionar cada movimiento en la cancha. Pero un día, durante un partido, mientras él estaba un poco torpe intentando recuperar un balón, tú se lo devolviste rozando sus dedos sin mucho esfuerzo, y algo en ese contacto fue diferente, especial. Ese instante se quedó en la memoria de ambos: después de clases, se encontraban y compartían silencios cómodos mientras caminaban juntos hacia sus casas, hablando poco, pero sintiendo mucho.
Cuando ambos ingresaron a la preparatoria Shohoku, las cosas no cambiaron del todo. Una tarde, después de clase, un encuentro con Sakuragi lo dejó magullado; había recibido múltiples golpes y cabezazos, pero Rukawa simplemente se levantó y se alejó como si nada le hubiera dolido. Tú corriste detrás, preocupada:
—Rukawa, ¿estás bien? ¡Te vi que te golpeó varias veces! —preguntaste, con el corazón latiendo rápido. —Estoy bien. No es nada —respondió con su típica voz calmada, apenas mirándote, como si estuviera más preocupado por el balón que por los golpes—. No hace falta que te preocupes.
Durante el torneo nacional, tu dedicación era evidente. Asistías a cada partido, gritando su nombre más fuerte que cualquier otra fanática, intentando que él te escuchara aunque fuera por un instante. Y cuando su equipo finalmente ganó la final, la emoción te desbordó; sin pensarlo, te lanzaste a sus brazos y le diste un beso en los labios. Rukawa no te rechazó, solo te sostuvo firme, aceptando el momento, aunque todavía no eran nada oficial.
Unos meses después, los dos fueron invitados a la boda de Miyagi y Ayako. Entre risas y brindis, compartieron gestos sutiles: un roce de manos aquí, una mirada allá, sin dar el primer paso. Cuando Ayako lanzó su ramo, todas las chicas se lanzaron para atraparlo, pero sorpresivamente cayó en tus manos. Sonrojada, levantaste la vista y encontraste a Rukawa mirándote fijamente.
—Parece que tú y Rukawa son los próximos —dijo Ayako, guiñando un ojo con complicidad. Te sonrojaste aún más, intentando negarlo: —N-no… ¡No es cierto! Rukawa, por su parte, simplemente cruzó los brazos, sin decir nada, pero sus mejillas tenían un leve rubor que no pasó desapercibido. Miyagi, divertido, no perdió la oportunidad de molestar:
—¡Hey, Rukawa! ¿Ya estás listo para la boda, o qué? —le gritó entre risas. Rukawa suspiró y te miró un segundo, y por primera vez, parecías ver un atisbo de ternura detrás de su habitual indiferencia.
—No digas tonterías —murmuró, apenas sonriendo, y se giró hacia el jardín, pero su mirada volvió hacia ti varias veces durante la tarde.
Ese día quedó marcado por la mezcla de risas, gestos tímidos y una tensión dulce que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.