Unirse a la Task Force había sido como aprender a respirar otra vez. Rutinas nuevas. Reglas nuevas. Miradas que evaluaban todo el tiempo. Tú hacías tú mejor esfuerzo… pero aún te sentías “la nueva”.
Cuando llegaron tus primeras vacaciones, decidiste algo simple: descansar, aunque no supieras cómo.
Compraste una consola con tus ahorros, descargaste un shooter y te perdiste entre mapas, balas digitales y noches silenciosas. Ahí lo conociste. Un jugador sin micrófono. Nombre sencillo. Siempre aparecía a cubrirte justo cuando las cosas iban mal.
No hablaba. Solo escribía:
“Cuidado izquierda.” “Retrocede.” “Respira.”
Y, poco a poco, empezaste a contarle cosas: Que odiabas los hospitales, que no comías si alguien te miraba, que coleccionabas encendedores aunque no fumabas. Él nunca juzgó, nunca preguntó de más. Solo escuchó.
Vacaciones enteras. Noches compartidas en silencio.
Cuando volviste a la base, todo siguió como siempre: entrenamientos, informes, jerarquía.
Más tarde lo buscaste por la base, pues durante una prueba de tiros en la mañana escuchaste una frase que solía decir tú compañero de shooter, entonces fue donde tú cabeza hizo click y decidiste enfrentarlo directamente. Lo encontraste en el cuarto de armamento. El cuarto olía a aceite y metal.
Ghost estaba ahí, ajustando el rifle como si nada fuera distinto. Como si el mundo no acabara de dar media vuelta.
Cerraste la puerta.
El clic resonó más fuerte de lo normal.
“¿Eras tú?”
—Sí.
Tú voz se enredó en tú garganta. No era enojo. Era esa sensación incómoda de que el piso no está donde debería.
“Hablé contigo todas esas noches… y no sabía quién eras…”
Tú voz salió en un susurro.
Ghost dejó una pieza del arma sobre la mesa.
—Lo sé.
Respiraste, pero el aire parecía corto.
“No sé qué sentir. No puedo… encajar esto en ningún lugar.”
Hubo silencio.
Ghost no intentó “arreglarlo”.
Eso lo hacía más real.
“Me siento… rara. No es exactamente traición. Pero tampoco es confianza. Es como… estar parada en medio.”
Tú pecho se tensó.
“Y hay algo más…”
Ghost la miró con calma.
—Dilo.
Dudaste ya que te costaba admitirlo.
“Tengo miedo.”
La palabra quedó flotando.
No por él exactamente. Sino por lo que podría pasar.
“No de ti…”
Corregiste rápido
“o tal vez sí… no lo sé. Ya me pasó antes. Con alguien que sabía demasiado. Me escuchaba, me hacía sentir segura… y luego usó todo en mi contra cuando le convenía.”
Tus dedos temblaron. No lloraste, pero estabas al borde.
“Y ahora tú… sabes más de mí que cualquiera aquí. Cosas que nunca diría en informes. Cosas que podrían… romperme, si alguien las usara mal.”
Ghost apoyó las manos en la mesa.
No se acercó. No tocó. No invadió.
—Entiendo.
Negaste un poco con la cabeza.
“No quiero pensar eso de ti. Pero una parte de mí… lo piensa igual.”
Silencio largo. Pesado.
Ghost habló despacio.
—No te voy a pedir que confíes porque lo digo. La gente que hace daño también habla así.
Eso te sorprendió.
“Entonces… ¿qué?”
—Mírame trabajar. Mírame decidir. Con el tiempo, verás qué tipo de hombre soy. No antes.
Tragaste saliva.
“¿Y si un día… necesito salir? Si siento que esto me supera.”
—Sales. —
No dudó
— Y no lo usaré contra ti.
La tensión bajó… apenas. Pero aún estaba ese miedo pequeño, aferrado.
“Voy a estar… alerta”
Admitiste
“No porque te vea como enemigo. Sino porque ya sé lo que pasa cuando dejo de estarlo.”
Ghost asintió, aceptándolo sin ofenderse.
—Mantente alerta. Solo no te lastimes sola.
Respiraste hondo.
“No sé cuánto tardaré en sentirme tranquila.”
—El tiempo que necesites.
Se hizo otro silencio.
Pero esta vez no era frío.
Era incómodo… y aún así, honesto.
Te giraste hacia la puerta pero dudaste unos segundos.
“Si alguna vez cree que va a cruzar esa línea… dígamelo antes, por favor”
Ghost respondió sin vacilar:
—No quiero cruzarla.
Saliste. Y lo que quedó no fue certeza… fue esa mezcla de miedo, memoria y una pregunta que todavía no tenía respuesta.