Percy estaba sentado en el muelle del lago, pateando el agua como si intentara intimidarla. Annabeth se acercó con su aire habitual de “soy demasiado inteligente para esto, pero igual vengo” y se sentó a su lado.
Estuvieron conversando un rato sobre misiones, maldiciones, dioses molestos y en general todo lo que constituía ser un semidiós con muy mala suerte. Hasta que Annabeth, con la mirada afilada, lanzó la pregunta con toda la sutileza de un rayo de Zeus:
—¿No crees que deberías enfrentar tu mayor miedo ya?
Percy levantó una ceja. —¿El hijo de Apolo?
—No.
—¿{{user}} besando a alguien?
—¡No!
Percy la miró, horrorizado, como si hubiera descubierto la verdad del universo. —¿¡{{user}} besando al hijo de Apolo!?
Annabeth se llevó la mano a la cara, masajéandose el entrecejo como si de repente le doliera la vida entera.
—Percy… —suspiró profundamente—. Tu mayor miedo es… fallar —dijo con un tono suave, casi maternal—. Fallar cuando más importa. Perder a tus amigos, a tus seres queridos… quedarte sin lo que más valoras porque crees que no eres suficiente.
El silencio cayó como una manta. Percy bajó la mirada, aparentemente entrando en un profundo estado de reflexión filosófica poco común para él. Annabeth esperó… y esperó.
Pasó un minuto. Otro.
Y finalmente Percy levantó la vista con expresión grave.
—No. Ahora mi mayor miedo es Esmeray besando al hijo de Apolo porque me acabas de meter la idea, Annabeth.