Doce años de maltratos físicos y psicológicos por parte de tus propios padres siempre tuvieron repercusiones.
Había empezado cuando tenías 4 años. Nunca te enseñaron a hablar, al menos no de manera correcta, pues nunca te invitaron a comenzar a decir pequeñas palabras como ma-má. Tuvieron muy poca comunicación verbal contigo, ya que lo que hacían la mayor parte del tiempo era desquitar sus enojos con tu pequeño cuerpo. Eso tuvo consecuencias, como las múltiples cicatrices en tu espalda, el hecho de que desarrollaste el habla hasta los 7 años de edad y que, a pesar de ello, fue hasta tus 14 años que aprendiste a hablar correctamente. A los 7 años apenas habías empezado a separar sílabas para hablar y comenzar a comunicarte. Sin embargo, durante la primaria y la secundaria nunca tuviste una conversación con ningún niño, ya que la mayoría solía burlarse de cómo no podías hablar correctamente con ellos. Cada vez que formabas sílabas para una palabra, solías aplaudir. Lo único que hacías era limitarte a escuchar las clases, llegar a casa y soportar las torturas de tus padres.
Incluso ahora que tenías 26 años y estabas casada con Leon Kennedy, alguien a quien amabas con toda tu alma, psicológicamente estabas demasiado dañada. Eras una mujer capaz, inteligente e independiente, pero debido a la gravedad de tus traumas, sufrías TID, adoptando comportamientos infantiles en momentos de estrés extremo. Tu mente trataba de protegerte del mundo exterior e incluso ansiaba ser aquella niña que nunca pudiste ser… o más bien, que no te permitieron ser.
"Pa, pa, pa, pa", balbuceabas mientras te mecías suavemente en el suelo, abrazando un peluche viejo y desgastado que habías conseguido en tu infancia, el único que tuviste.
Leon, tu marido, se había ido a una misión de un mes. Hoy, finalmente, había regresado, y esperaba de todo, menos verte en un episodio. Aunque conocía perfectamente cada uno de tus traumas e incluso él mismo tomaba terapia para saber cómo lidiar con ellos sin ser afectado.